Pobre democracia la nuestra

Columnistas, Opinión

Las próximas elecciones seccionales del 29 de noviembre prometen ser, una vez más, el festival del absurdo nacional. Cumplido el calendario electoral y clausuradas las «primarias» —ese idílico ejercicio donde los dueños de los partidos se miran al espejo y eligen a su propio reflejo—, los ecuatorianos nos quedamos con una certeza deprimente: la política criolla se volvió el negocio familiar más rentable del año.

¡Qué conmovedora es la unidad familiar en campaña! Hoy las papeletas no parecen listas de representación popular, sino la lista de invitados a una cena navideña y a una boda. Si no es el hijo, es el tío, la nuera, el hermano o el padre; y si no, el dueño del partido que prefiere ver al país hundido antes que soltar el poder. Reemplazamos la meritocracia por el árbol genealógico. Cuando los partidos operan como feudos privados, la que pierde siempre es la ciudadanía.

Nos sobran por centenares los movimientos políticos, pero nos faltan —casi por diseño— verdaderos líderes. A los dueños de estas franquicias electorales no les conviene la gente preparada y honesta; la inteligencia estorba cuando se busca obediencia. Por eso, prefieren prostituir la participación ciudadana importando «talentos» de la farándula. Total, ¿para qué queremos un administrador público si el candidato baila increíble en TikTok? El bachillerato incompleto es el nuevo requisito de oro para gobernar. 

El caso de Ambato es el vivo reflejo de esta ceguera colectiva. La clase política local no entiende que mientras más candidatos existan, más se polariza el voto. El resultado ya lo conocemos: autoridades elegidas con un raquítico 15% o 20% de votación, gobernantes sin legitimidad que pasan cuatro años intentando sobrevivir en lugar de gestionar.

Lo más irónico es el doble discurso. Los candidatos a Alcaldes de Ambato, evalúan a la actual administración de Diana Caiza como la peor; sin embargo, esos mismos críticos, al dividirse en decenas de candidaturas absurdas, le están firmando un «cheque en blanco» para su reelección. Es matemática pura: todos sabemos que la Alcaldesa tiene el voto duro de Pachakutik que supera el 25%. Mientras el resto se canibaliza por las migajas, la mesa queda servida para los mismos de siempre.

Así iremos a las urnas: con los bolsillos llenos de promesas falsas, los ojos cansados de ver faranduleros en vallas, en la papeleta que parece una “sábana”  y la certeza de que, gane quien gane, los ciudadanos seguiremos perdiendo. ¡Pobre democracia la nuestra! (O)

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