¿La literatura en Tungurahua y sus actores estratégicos en el olvido?

Columnistas, Opinión

Entonces cuando hablamos de Juan Montalvo, todos lo reconocemos incluidas las generaciones Millennial (Y), la generación Centennials (Z) y los Alfa, ¿verdad?

Cuando hablamos de Jorge Enrique Adoum y sus enriquecedoras frases, cuando mencionaba que el Ecuador es un país inexistente al que le cruza una línea imaginaria en medio del globo terráqueo, por ejemplo, entendemos que su huella fue profunda en la historia, ¿verdad?

Al mencionar a Shakespeare, Cervantes, Gustavo Adolfo Bécquer, Alejandro Dumas, Arturo Pérez-Reverte, Eva García, Isabel Allende, Gabriela Mistral, Emilia Pardo Bazán, a tantas y tantos escritores de pensamiento exquisito que lograron con su compartir inspirar a millones…

Recordar la inspiración de Dolores Veintimilla de Galindo, y reconocer lo maravilloso del verso fraccionado en pedazos de dolor y entrega; así como la gran obra Polvo y ceniza con su inmerso realismo del lojano Éliecer Cárdenas, o a Joaquín Gallegos Lara con su poderosa Las cruces sobre el agua, nos lleva a otros tiempos y nos ayuda, además de a crecer nuestra imaginación, a fortalecer nuestro entendimiento, ¿verdad?

Leer es exquisito.

La historia nos habla sobre tantas y tantos intelectuales que no pasan desapercibidos por nuestro plano material y aún menos por nuestro paso espiritual por estas dimensiones muchas veces confusas en las que nos encontramos.

Sin embargo hoy, quiero reconocer la gran labor de las y los escritores, letrados, inteligentes e intelectuales que llenan nuestro camino hacia el conocimiento con su riqueza intelectual, como nuestra querida Norma Sevilla, la cual desde la profundidad de sus versos comparte sus ensueños y a quien definitivamente hay que leer con un diccionario a la mano para comprender la delicadeza de su aporte a la intelectualidad contemporánea; así como al gran Marcelo Cisneros, más conocido como “El Negrito”, reconocido empresario patateño y educador entregado a transformar este mundo en un lugar más justo y amoroso por medio de la labor social en muchos espacios del territorio ecuatoriano y a nivel internacional; y a Martín Cadés, joven intelectual, muchas veces crítico de todo lo que muchos vemos socialmente y callamos, otro de esos personajes que escriben desde la profundidad y que merecen ser leídos.

Quizá el problema no sea que en Tungurahua no existan escritores, sino que como sociedad hemos dejado de mirar hacia quienes todavía escriben para despertar conciencias.

Tal vez estamos esperando que el tiempo convierta sus nombres en memoria para recién entonces valorar lo que hoy tenemos vivo frente a nuestros ojos.

Porque una provincia que olvida a sus escritores, no solo pierde páginas, también pierde pensamiento, identidad y la posibilidad de entenderse a sí misma desde su propia voz.

Y quizá ha llegado el momento de preguntarnos si realmente estamos apoyando la cultura que decimos defender, o si simplemente estamos dejando que el silencio termine ocupando el lugar donde antes habitaban las palabras.

Que nuestros escritores perduren para siempre en nuestras memorias y en nuestros corazones y nos inspiren a fortalecer un mundo donde querramos siempre leer más.

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