De la Libertad de Urbina a las Cenizas de Taura

La historia de Ecuador tiene una geografía caprichosa, capaz de unir en un solo nombre la mayor victoria de la dignidad humana y la más baja degradación de la vida. Ese nombre es Taura. En 1852, bajo el impulso liberal de José María Urbina, Taura fue el sinónimo de la libertad: allí se gestó la guardia pretoriana de hombres negros que, tras siglos de cadenas, vestían el uniforme de la República como ciudadanos plenos. Hoy, ese mismo suelo ha sido el escenario de un horror que nos devuelve a las épocas más oscuras del desprecio estatal.
La reciente tragedia de los cuatro menores detenidos en Guayaquil y hallados calcinados en la zona de Taura no es solo un hecho de sangre; es una bofetada a la memoria histórica. Resulta una ironía macabra que el mismo terreno donde los «Tauras» de Urbina celebraron la abolición de la esclavitud, sea hoy el depósito de cuerpos jóvenes y afrodescendientes, víctimas de una violencia que huele a desaparición forzada y a un racismo estructural que el Estado se niega a reconocer.
La narrativa oficial suele ser rápida para estigmatizar y lenta para investigar. A estos jóvenes se los reevictimiza antes de que el humo de sus restos se disipe, aplicando esa «presunción de culpabilidad» que parece ser la única ley vigente para quienes nacen en la periferia del privilegio. Mientras en el siglo XIX el Estado invertía en un «Fondo de Manumisión» para comprar la libertad de los oprimidos, el Estado del siglo XXI parece haber invertido la lógica: ahora administra operativos donde la «seguridad» termina en incineración y silencio.
No podemos permitir que el discurso del «combate a la inseguridad» sirva de salvoconducto para que las fuerzas del orden operen fuera de la civilización. Convertir una zona rural en un cementerio clandestino tras un operativo militar es un retroceso civilizatorio que nos arranca de la modernidad.
Urbina liberó a los esclavos para que fueran dueños de su destino. Ciento setenta y cuatro años después, el sistema parece estar revocando ese decreto en el manglar. Si el Estado no es capaz de garantizar que un joven regrese a casa tras una detención, entonces la libertad que tanto celebramos en los textos escolares es apenas una ficción calcinada. Taura ya no suena a libertad; hoy, Taura huele a olvido y exige justicia. (O)
