Un primo de San Ignacio de Loyola en Mocha. 1627

Columnistas, Opinión

La oveja negra de la familia. El historiador estadounidense John Leddy Phelan le dedica las siguientes líneas a nuestro noble y polémico antepasado:

“Don Nicolás de Larraspuru se sirvió de las importantes relaciones de su familia en la península para crearse una situación próspera y prestigiosa en Quito. Había llegado como caballero de la Orden de Santiago, honor más fervientemente deseado por los ambiciosos en las Indias que en la península… don Nicolás fue caballero debido a la importancia de su padre y no a sus propios esfuerzos.

El joven Nicolás, la oveja negra de la familia, fue enviado por su padre a Quito, con la manifiesta esperanza de que el rebelde sentaría cabeza y se labraría una situación respetable respaldado por la influencia familiar. Tuvo un buen comienzo contrayendo un matrimonio conveniente con doña María de Vera y Mendoza, hija de uno de los hombres más acaudalados del reino: Juan de Vera y Mendoza. 

El impetuoso y beligerante Nicolás de Larraspuru hirió gravemente a dos distinguidos señores, el licenciado Antonio Rodríguez de Lorencana, recién nombrado fiscal de la audiencia, y don Fernando Ordóñez de Valencia. Por el incidente con el fiscal en funciones la pena fue una multa de 3.000 pesos y dos años de exilio de los límites urbanos de Quito, y por su encontronazo con Fernando Ordóñez de Valencia fue condenado a pagar 1.000 pesos y a cuatro años de exilio adicionales. 

Don Nicolás estableció residencia en Riobamba, donde enseguida encontró agradables compañeros de juerga. Al poco tiempo se metió en líos con el alguacil mayor de Riobamba, Pedro Sayago del Hoyo…

Fue inevitable que el linajudo, acaudalado y haragán Nicolás de Larraspuru y el fornido alguacil se encontraran. Había el antagonismo de la nacionalidad: Larraspuru era vasco, y Sayago del Hoyo era extremeño…

Larraspuru y Sayago del Hoyo no solo tenían motivos de origen para aborrecerse, sino que inevitablemente chocaron en la pequeña ciudad de Riobamba. Larraspuru se dedicaba a parrandear las noches con sus amigotes mientras que Sayago fungía de alguacil mayor con la función de mantener la paz y tranquilidad nocturnas en las calles. 

La noche del 29 de diciembre de 1626, se produjo una riña sangrienta en las tranquilas calles de Riobamba. Una banda de treinta hombres, dirigidos por Nicolás de Larraspuru, atacó al alguacil cuando este hacía su ronda nocturna. El fornido y fuerte alguacil se defendió de sus atacantes con el valor de un león, y dejó ocho muertos en la calle, pero fue vencido por la fuerza numérica. Herido de muerte, Pedro Sayago del Hoyo rogó a un sacerdote, que estaba entre los espectadores de la sangrienta confrontación, oírle en confesión y otorgarle la absolución para su inminente viaje al más allá. Más Nicolás de Larraspuru no demostró compasión alguna por su enemigo caído y vencido y no permitió que el sacerdote se acercara al moribundo. Gritó con voz estentórea, ‘Que se confiese a Lucifer en los quintos infiernos’ 

Las noticias de este crimen atroz llegaron donde el visitador general de Quito (Juan de Mañozca) la víspera del año nuevo. El licenciado Mañozca, visiblemente conmovido, se dio cuenta enseguida de que la naturaleza sanguinaria y pública del crimen podría precipitar disturbios y actos de violencia tales como los de Potosí años antes. Pensó que, probablemente sería considerado responsable de cualquier estallido de violencia… La parcialidad del visitador general a favor de sus paisanos vascos y su buena amistad con el padre de Larraspuru, pues era padrino de un hijo de don Nicolás, eran harto conocidas. (O)

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