Ritos y rictus del Carnaval

Todo aquello que hacemos para ordenar el caos, para sentir pertenencia, para decir “esto importa”, es rito. Pero el gesto fijo, casi involuntario, la cara que se queda estupefacta cuando ya no estamos actuando -o cuando llevamos demasiado tiempo haciéndolo-, eso es rictus.
Dos palabras cortas, con mucha carga. Juntas parecen hablar de la tensión entre lo que elegimos repetir y lo que el cuerpo delata. Entre el formalismo y la mueca. Entre la fe y el cansancio. Como si los ritos intentaran darnos forma, y los rictus revelaran cuándo esa forma ya no encaja.
Una lectura más profunda quizá nos permita adentrarnos en un mundo más oscuro, donde las sociedades llenas de rituales vacíos y rostros endurecidos nos conducen a dejar que el día suene distinto, aunque al principio desafine. Jugamos con el significado de las palabras y con lo más íntimo de las personas que cumplen rutinas mientras el gesto traiciona lo que ya no sienten.
El rito dice: “todo está en su lugar”; el rictus responde: “algo falta”.
Tal vez vivir sea eso: insistir en la ceremonia, aunque el gesto se endurezca, o aceptar el rictus y romper el rito. Cambiar el orden. Al final, cuando ya no queda nadie mirando, los ritos se caen solos. El rictus, en cambio, permanece un segundo más, como el eco de lo que fuimos intentando sostener.
Cada año, cuando llega el carnaval, decimos que celebramos la libertad. Las calles se llenan de comparsas, de máscaras, de espuma y agua lanzada al aire como si el desorden fuera una bendición. Bailamos. Comemos. Cantamos. Gritamos. Y repetimos. Porque el carnaval, aunque parezca ruptura, es también rito.
El rito de mojarnos, aunque no queramos. El rito de disfrazarnos para ser otros. El rito de reír más fuerte de lo necesario. Todo aquello que hacemos para ordenar la confusión -aunque el disfraz diga lo contrario- es rito. Todo lo repetido con sentido, o con la esperanza de que todavía lo tenga.
Pero en medio del confeti y la música estridente aparece el rictus. Ese gesto que se queda cuando baja la comparsa. La sonrisa rígida después de horas de fiesta. El cansancio que se dibuja en el rostro cuando la máscara aprieta demasiado. El cuerpo que ya no baila, pero insiste.
El carnaval es ceremonia del exceso, sí. Pero también es escenario donde se nota el desgaste. Es agua y es vida. En teoría invertimos el orden: el pobre se disfraza de rey, el tímido se vuelve audaz, el serio se permite la risa. Sin embargo, al final del día, el maquillaje se corre y el espejo devuelve a lo mismo de siempre.
El rito dice: “hoy todo está permitido”.
El rictus responde: “mañana todo seguirá igual”.
Ahí está la tensión. Entre la promesa de transformación y la certeza de la costumbre. Entre la espuma que cubre y el gesto que no se borra. Entre la música que sube y la fatiga que asoma. Entre los versos que surgen y el amor que se abona.
Nos gusta pensar que el carnaval rompe estructuras. Que nos libera. Que nos reinventa. Pero quizá solo nos da permiso para exagerar lo que ya somos. Reímos más fuerte, sí. Pero también nos cansamos más hondo. Jugamos a ser otros, mientras el rictus nos recuerda quiénes somos cuando nadie mira.
En sociedades llenas de rituales vacíos, el carnaval puede convertirse en otro rito más: una válvula de escape perfectamente programada. Un desorden autorizado. Una rebeldía con fecha de caducidad.
Y entonces aparece la pregunta incómoda:
¿Celebramos para cambiar algo o celebramos para soportarlo?
Tal vez vivir sea eso: insistir en la ceremonia, aunque el gesto se endurezca. O aceptar el rictus y atrevernos a romper el rito, incluso cuando la música sigue sonando. Porque la vida es cambio y movimiento. Porque al final, cuando el agua se seca, cuando la última comparsa se dispersa y las máscaras vuelven a su caja, los ritos se caen solos.
El rictus, en cambio, permanece un segundo más. Como el eco del carnaval cuando ya no hay fiesta. Como la verdad que asoma cuando termina la canción.
Y nos devolvemos a imaginar el nuevo escenario disfrutando al máximo el presente… “no sea cosa que el otro año ya nos toque la partida”. (O)
¡Bien bonito es Carnaval!
