Ecuador, ¿país marginal?

Columnistas, Opinión

Despertarse con una noticia revoloteando las antenas e impulsada -singularmente- por los corifeos que nunca faltan, alerta el espíritu e inquieta la calma. Mucho más, cuando el país va de por medio.

Decir que “Ecuador es un país marginal” no solo constituye una distorsión retórica, sino también una afirmación que difícilmente pasa de inocente. Sobre todo, cuando proviene de quien, durante una década, concentró el poder político y moldeó buena parte de las instituciones del Estado.

Insistir en esa expresión sin carcomerse, seguro deja de ser un diagnóstico y se convierte en una operación discursiva: una forma de reinterpretar el presente para justificar el pasado. Y esas formas, son las que mejor utilizan los seguidores del y el personaje que se camufla en las sombras.

Calificar a Ecuador como “país marginal” responde más a una simplificación política que a un análisis riguroso. Esa afirmación se apoya, sin embargo, en una realidad incómoda: el país arrastra profundas brechas sociales, económicas y territoriales. Existe exclusión, desigualdad y abandono, es verdad. 

Pero convertir esa complejidad en una etiqueta total resulta no solo impreciso, sino también reductivo y hasta ridículo, porque pretende -no reconocer- los esfuerzos que se están haciendo.

La marginalidad no es una esencia nacional. Es una condición histórica y estructural que no puede resumirse en un eslogan útil para la confrontación. Por ello, definir al país como irrelevante, rezagado o incapaz de sostener un rumbo propio sin tutela externa no lo describe: distorsiona.

Ecuador tiene márgenes, claro que sí. Pero también tiene capacidades, resistencias y procesos que desbordan cualquier intento de encasillarlo. Mas que nada, tiene dignidad. Negar esa diversidad para ajustarla a una narrativa conveniente implica desconocer la complejidad de su realidad.

Pero resulta paradójico que quien enuncia esa supuesta marginalidad lo haga desde una posición que difícilmente puede considerarse como tal. No habla desde el margen quien gobernó con mayoría, quien definió la agenda pública y construyó un relato dominante durante años. Su condición actual de prófugo no lo convierte en portavoz de los excluidos, sino en un actor político que busca reubicarse en el escenario simbólico.

En el fondo, la frase expuesta revela más sobre quien la pronuncia que sobre el país que pretende describir. 

Expresa una incomodidad con el presente y una necesidad de deslegitimar cualquier realidad que no gire en torno a su figura. 

Si el país no responde a su lógica, se lo reduce; se lo declara marginal.

Y Ecuador no necesita ser defendido con complacencia ni atacado con desprecio. 

Necesita ser comprendido en su complejidad. Y esa comprensión exige algo que este tipo de discurso no ofrece: memoria crítica, responsabilidad política y coherencia entre lo que se dijo, lo que se hizo y lo que hoy se pretende sostener.

Llamar “marginal” a un país entero puede sonar contundente. 

Pero, en este caso, se acerca más a una coartada que a un diagnóstico. 

Suena más a duda y a remordimiento que atormenta de solo pensar en las rejas físicas que esperan. 

¡Esas sí que serán un espacio marginal! (O)

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