Asimetría de la estupidez

Gente estúpida ha existido siempre y en buen número. Y es esa variable de cantidad, precisamente, la que nos debe mantener alertas porque ya sea en el trabajo, en el semáforo, en el super, en el estadio, en el restaurante, en la tele o en la familia, ubicarlos resulta poco menos que frecuente. Si por desgracia se topa cara a cara con uno, evite, por favor, discutir; el estúpido siempre saldrá ganando.
No faltará quien diga: “Pero son estúpidos. Cualquier argumento racional e inteligente siempre estará por sobre la estupidez sin fundamento”
En teoría sí, pero lamento comunicarle que hay un principio de la psicología cognitiva llamado “asimetría de la estupidez” formulado originalmente en el 2013 por el programador italiano Alberto Brandolini (de ahí que se la conoce también como la Ley de Brandolini) que reza: “La cantidad de energía necesaria para refutar la estupidez (o las noticias falsas) es un orden de magnitud mayor que la necesaria para producirla.”
He ahí que la desinformación, las noticias falsas y los inventos malintencionados (provocados muchas veces por gente estúpida) se propaguen con tanta velocidad y que combatirlos resulte tan agotador.
Para comprender mejor esta disparidad de fuerzas, desglosemos el proceso en tres factores:
- La asimetría del esfuerzo. Crear una falsedad es gratis, requiere cero segundos de investigación, ningún dato y un esfuerzo mental mínimo. En cambio, refutarlo exige rigor: hay que buscar fuentes confiables, presentar datos verificados, estructurar un argumento lógico y exponer una explicación convincente.
- La asimetría de la retención. El cerebro humano tiende a codificar la primera información que recibe de forma más profunda. Si una persona escucha una mentira impactante, esa idea echa raíces en su mente. Cuando llega la refutación (que suele ser más larga y compleja), el cerebro activa una resistencia natural porque cambiar de opinión genera ‘disonancia cognitiva’ (malestar psicológico ante ideas contradictorias).
- La asimetría del impacto emocional. Las afirmaciones falsas o simplistas suelen apelar directamente a las emociones básicas del ego: el miedo, la indignación, el orgullo o el victimismo. Las verdades científicas o los hechos reales, en comparación, suelen ser matizados, neutrales y aburridos. La emoción siempre viaja más rápido que la lógica.
Todo esto explicaría, en parte, por qué mucha gente apoya -estúpidamente- a terroristas como Hamas; a gobiernos de izquierda abiertamente vinculados con el crimen organizado; a ciegos defensores de un gobierno palestino criminal y embustero; a religiosos que galardonan a asesinos, como el papa León XIV que la semana pasada entregó una distinción diplomática nada más y nada menos que al embajador de Irán; a políticos corruptos que roban a manos llenas y son íconos de inmoralidad en todos los órdenes; entre otros.
El problema no está, entonces, en lo que hagan o dejen de hacer todos estos personajes que se aprovechan de la estupidez asimétrica, sino en toda una masa que les cree y les secunda. (O)
