Políticos de tercera

La antigua rebeldía y el carácter del pueblo ambateño se han perdido en el tiempo y en la memoria de la gente. Hoy nos hemos convertido en una sociedad maleable y sumisa, que acepta todo lo que una clase política nefasta hace y deshace. Los ecos retumbantes de las palabras de Juan Montalvo, Juan León Mera y Luis A. Martínez ya no vibran en nuestros corazones.
El desinterés y la corrupción han traído miseria, ignorancia y desocupación. Poco a poco, el brillo de nuestra ciudad industrial y cosmopolita se pierde en manos de políticos de dudosa capacidad y reputación, a quienes nosotros mismos dejamos llegar al poder.
A pocos meses de las elecciones seccionales, queda en evidencia la baja calidad y la escasa preparación de la mayoría de candidatos que buscan llegar a la Prefectura, la Alcaldía y los concejos municipales. Las propuestas son prácticamente nulas, los grandes proyectos brillan por su ausencia y lo que sobra son las caras conocidas y las alianzas entre antiguos rivales para repartirse el erario público.
Por eso mismo, está en nuestras manos desenmascarar a los candidatos mediocres, a los políticos de tercera que hoy se presentan a las elecciones. Exijamos perfiles de renombre, logros verificables y una trayectoria intachable. Pidamos propuestas técnicas y realizables, sustentadas en cálculos, estudios y evidencia. Debemos dejar de premiar la improvisación y empezar a exigir preparación, experiencia y conocimiento de la administración pública. Gobernar una provincia o una ciudad no puede convertirse en un premio a la popularidad ni en un experimento político. Ser una cara conocida no basta para ocupar los más importantes cargos de nuestra sociedad.
Entendamos que los medios de comunicación y, en especial, las redes sociales son el camino por el cual muchos candidatos manipulan nuestra percepción sobre su verdadera capacidad. La constante desinformación y las luchas políticas que vemos a diario son la vía para hacernos creer que nuestro voto no tiene poder, que todos los candidatos son iguales y que no vale la pena interesarse por el proceso político. Entonces, quien gana las elecciones es quien paga más publicidad y quien tiene mayor poder económico para aparecer constantemente frente a nosotros en la pantalla.
El precio de una democracia que beneficie a todos es la vigilancia permanente del pueblo y el interés por lo público, que pertenece a toda la sociedad. El desinterés por los asuntos políticos nos condena a ser presa de quienes solo buscan enriquecerse desde un cargo público. Mientras sigamos eligiendo políticos de tercera, seguiremos obteniendo gobiernos de tercera. (O)
Analista económico y editorialista
