Redacción del anhelo

La desidia, el invento, la diatriba y el despropósito terminan por crear un cuerpo amorfo que deambula en la mente de muchos ciudadanos desaprensivos; de aquellos que, sin mayor reserva, entregan su confianza a la improvisación, a la apariencia y al engaño.
Más temprano que tarde llegarán los inevitables espacios de reflexión, comparación y arrepentimiento.
Sin embargo, entonces será demasiado tarde para restablecer la esperanza o volver a enarbolar la buena voluntad y la paciencia. Para ese momento ya se habrán dado pasos firmes hacia el despeñadero de las ideas y de las realizaciones; se habrá instrumentalizado, una vez más, esa pesada carga ciudadana que tanto incide en la conciencia y tan difícil resulta sobrellevar cuando la elección de un mandatario termina convirtiéndose en la equivocación colectiva de un pueblo.
La ciudad -cualquiera que esta sea- comenzará a caer a pedazos. Será nuevamente castigada por la inoperancia, el desconocimiento y la falta de compromiso y sensibilidad frente al vecindario y sus necesidades elementales de vida digna.
Enfilados en el círculo más amplio del embudo de las circunstancias, difícilmente podremos dejar de girar sobre nosotros mismos, arrastrados por la fuerza de una succión que nos conduce inexorablemente hacia el marasmo político de la irracionalidad, el oportunismo y la corrupción. Un escenario al que, lamentablemente, los últimos episodios de la vida pública han terminado por acostumbrar a una ciudadanía cada vez más desbordada, resignada y desencantada.
Porque cuando la improvisación sustituye a la capacidad, y la apariencia desplaza a la honestidad y al conocimiento, las consecuencias no tardan en hacerse visibles. Las ciudades se deterioran, las instituciones se debilitan y la confianza pública se convierte en una víctima más del cálculo político y de la irresponsabilidad colectiva.
Elegir mal no constituye únicamente un error electoral; representa, muchas veces, el inicio de un prolongado proceso de deterioro social y moral cuyos costos terminan siendo asumidos por todos los ciudadanos.
“Pruebas al canto”, se diría en otras circunstancias. Pero hoy aquellas dudas ya son hechos palpables que no solo sobrevuelan nuestros sentimientos, sino que nos mantienen inmóviles frente a la evidencia de nuestras propias falencias al momento de escoger y decidir.
Nos dejamos arrastrar por la fuerza de gravedad y terminamos siendo parte consustancial de la equivocación y del fracaso. Lo más grave es que reincidimos en el error una y otra vez. ¿Qué nos ocurre? ¿Por qué la capacidad de enmienda parece ausente de la sociedad, del vecindario, de esta comunidad resiliente y deseosa de superarse?
Las respuestas continúan difusas, atrapadas todavía en ese crisol donde, algún día, acaso termine por configurarse la verdadera amalgama de nuestra conciencia colectiva.
Mientras tanto, sumida en la desesperación, la novelería y la irresponsable cascada de encuestas y suposiciones, la ciudadanía se adormece en el cántico agorero de las sirenas y en el artilugio de los malabaristas de la política, que no desmayan en “hacer su mejor papel” para asegurar permanencia a su glotonería y a su esquiva sobrealimentación.
Rechonchos de riqueza mal habida, pretenden dar lecciones de vida y constituirse en ejemplo perdurable.
¡Por caridad, ciudades y ciudadanos, no caigan nuevamente en sus garras!
Busquen nuevas opciones. Construyan otros espacios democráticos donde depositar su fe en el mañana. Reedifiquen esa sociedad política, autónoma, cercana y convivencial que tanto anhelan, a partir de identificar a una persona que -como ustedes- sea igualmente solidaria, comprometida y honesta.
No más globos de ensayo; y menos aún, tubos de laboratorio sobrecargados. (O)
