¿Por qué no escucha?

Muchos padres y docentes expresan una preocupación frecuente: «Le hablo varias veces y parece que no escucha». Aunque en ocasiones esto puede estar relacionado con distracción o falta de interés momentánea, también puede estar influido por diversos procesos neurobiológicos y cognitivos que forman parte del desarrollo infantil.
Para escuchar y responder adecuadamente a una instrucción, el cerebro debe realizar una serie de tareas complejas. Primero, debe filtrar los estímulos del entorno para concentrarse en la información relevante, proceso en el que participan la atención selectiva y las funciones ejecutivas. Posteriormente, la información debe mantenerse activa en la memoria de trabajo para poder comprenderla y actuar en consecuencia.
Estos procesos están regulados por distintas áreas cerebrales, especialmente la corteza prefrontal, región que madura durante la infancia y adolescencia. Neurotransmisores como la dopamina y la noradrenalina desempeñan un papel fundamental en la regulación de la atención, la motivación y el control de impulsos. Al alterarse este sistema, el niño puede presentar mayores dificultades.
Además, el estrés también influye en la capacidad de escucha. Cuando los niveles de cortisol, la hormona del estrés, permanecen elevados durante períodos prolongados, pueden verse afectados procesos como la atención, el aprendizaje y la memoria. Un niño preocupado, ansioso o sometido a situaciones de tensión puede parecer distraído cuando en realidad su cerebro está destinando recursos a gestionar ese malestar emocional.
¿Qué pueden hacer los adultos?
Los adultos, primero deben entender entonces, que lo que pasa son reacciones químicas hormonales en las cabezas de sus hijos, y para ser escuchados deben primero captar la atención del niño o adolescente antes de hablarle, utilizando mensajes breves, concretos y adecuados a su edad. También se debe dar una indicación a la vez para evitar sobrecargar su memoria de trabajo, verificar la comprensión pidiéndole que repita la instrucción con sus propias palabras y procurar ambientes con menos distractores durante actividades que requieran concentración o aprendizaje.
Es importante recordar que no todos los casos reflejan una dificultad del neurodesarrollo. Sin embargo, si estas conductas son persistentes, aparecen en diferentes contextos y afectan el rendimiento académico, la convivencia o las relaciones sociales, es recomendable buscar una evaluación profesional.
Comprender cómo funciona el cerebro infantil ayuda a sustituir etiquetas como «no hace caso» por una mirada más informada. En muchos casos, detrás de una aparente falta de escucha existe un proceso neurocognitivo que merece ser comprendido y atendido oportunamente. (O)
