La hoguera del humor

Columnistas, Opinión

Recientemente se armó una polémica sobre un sketch publicado por el humorista Fernando Villarroel en el que retrata el día a día del alcalde de Guayaquil, Aquiles Álvarez, en la Cárcel del Encuentro. En lo personal, Villarroel siempre me pareció un tipo bastante agrio, cuyas caracterizaciones no pasaban de un barato humor vulgar. La obra de Villarroel, cuando hacía televisión, solía abundar en mal gusto, retratando los pecados y vicios más bajos del ecuatoriano. No obstante, discrepo de quienes hoy encienden hogueras alrededor del humorista por el sketch de Aquiles.

El humor -como muchos conceptos sociales- tiene diversas ramificaciones que dependen de los medios empleados para hacer reír a otros. El humor negro, entendido como la sátira de situaciones trágicas o políticamente incorrectas, suele ser la rama más incomprendida y, por ello, la más criticada. Esto se vuelve una bomba cuando se lo mezcla con el humor político, pues despierta pasiones intensas que provocan más reacciones emocionales que racionales. Por esta misma razón, el humor negro requiere bastante ingenio, porque ejecutar bromas con situaciones o contextos delicados es como intentar hacer malabares con bolas encendidas sin quemarse.

En contextos actuales, el humor negro ha sido bastante atacado por grupos extremistas que buscan moldear lo que da risa y lo que no, pretendiendo la censura y la cancelación de todo lo que consideran “ofensivo”. En esta situación, yo siempre he defendido que el humor sí tiene límites, pero que no son tan estrictos como aquellos a los que nos tiene acostumbrados la sociedad de hoy.

El sketch de Villarroel en el que satiriza el drama carcelario de Aquiles puede gustar a unos y no a otros, pero existe una amplia diferencia entre tener un criterio negativo hacia su humor y llamar a la cancelación, censura y condena social del humorista. Hay personas que incluso reprochan a Villarroel guiados por una pasión puramente política, cayendo en la hipocresía de burlarse -a veces, con peor gusto humorístico que Villarroel- de la familia del presidente de la República o del asesinato de Fernando Villavicencio mientras reprueban el sketch sobre Aquiles.

Por ello, hoy quiero hacer un llamado a que se apaguen las hogueras que se han encendido alrededor de Fernando Villarroel y a que se defienda el humor como una garantía incluso democrática. La democracia se construye sobre sociedades verdaderamente libres, y parte de las libertades implica elegir de qué reírse y sobre qué bromear. (O)

alvaro.sanchez2000@hotmail.com

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