Propósito de vida

La semana anterior habíamos empezado a desgajar los hábitos japoneses que tanta falta nos hace aprender. Ya habíamos comentado del primero que es la “mejora continua” que debe ser, aunque pequeña, pero persistente y consistente. Cuando cada persona contribuye con pequeñas mejoras el colectivo funciona como un organismo único y toda la sociedad se eleva. Esa voz en nuestra cabeza que dice “es difícil”, “no tengo tiempo”, “empezaré mañana”, no tiene argumentos cuando damos tan solo un pequeño un pequeño inicio, una vez que comenzamos rompemos la inercia y el impulso hace el resto.
Ahora desmenucemos el segundo habito japonés que es el ikigai (生き甲斐) que se podría traducir como «razón de ser», el “propósito de vida” o el “motivo para levantarse cada mañana» que busca el equilibrio entre la felicidad personal y la utilidad hacia los demás, aportando sentido, plenitud y longevidad. Es esa sensación de que hoy importa y no es nuestro trabajo, no son nuestras responsabilidades, es lo que le da significado real a nuestra vida, esa llama interior que nunca se apaga completamente sin importar cuán oscuros se pongan los días. Es que hay una verdad rigurosa y es que solo cuando tenemos una razón para despertar nuestro cuerpo quiere seguir viviendo, nuestra mente busca la forma de superar obstáculos, nuestro espíritu se niega a rendirse, pero cuando la vida se siente vacía y sin sentido, nuestra salud declina, nuestra energía se desploma y envejecemos más rápido que nuestra edad. El ikigai no se trata de ambiciones grandiosas que rozan la codicia, no se trata de cambiar el mundo o volvernos famosos si no cosas que genuinamente nos hagan sentir vivos, presentes, que sea nuestro, que no sea lo que la presión social y los demás nos digan que nos importe. El ikigai se encuentra en la intersección de cuatro cosas fundamentales, nuestro propósito se encuentra justo en el centro donde se unen estas áreas: lo que amamos, en lo que somos buenos, lo que el mundo necesita de nosotros y por lo que nos pueden pagar. En definitiva, es la armonía de pasión, que es lo que amamos y en lo que somos buenos, misión, que es lo que amamos y lo que el mundo necesita, vocación, lo que el mundo necesita y por lo que nos pagan y profesión, que es en lo que somos buenos y por lo que nos pagan. Cuando alineamos nuestras acciones diarias con ese propósito central, todo lo demás encaja en su lugar. Las decisiones se vuelven más claras, las prioridades se ordenan solas. La vida adquiere coherencia, pero la mayoría no hemos aprendido a hacernos estas preguntas y simplemente vamos a la deriva haciendo lo que se supone que debemos hacer, siguiendo el guion que otros escribieron para nosotros y nos preguntamos por qué la vida se siente tan vacía, tan mecánica, tan desprovista de pasión. Si comenzamos a hacernos las 4 preguntas, si empezamos a prestar atención, si dejamos de adormecer nuestra intuición con distracciones constantes, las respuestas llegarán. Los neurocientíficos señalan que los excesos de estímulos y la multitarea bloquean la introspección. Encontrar el propósito requiere disminuir este ruido cerebral para escuchar nuestra voz interior y conectarnos con el aquí y el ahora. Así se reduce el estrés y se libera el neurotransmisor de la motivación y el placer. (O)
