La cúpula progre se desmorona: la finitud es inexorable

Cuando la sorpresa pierde espacio, la realidad -siempre más terca que la propaganda- comienza a resquebrajar la construcción ideológica que durante años intentó imponer la existencia de una supuesta superioridad moral: una élite política, académica y mediática que hablaba en nombre del progreso, la inclusión y la justicia social, mientras descalificaba toda discrepancia tildándola de atraso, ignorancia o extremismo.
Pero el tiempo, inexorable como es, termina revelando aquello que la retórica pretende ocultar.
Todo parece indicar, a partir de los episodios que hoy se suceden y se develan en distintas latitudes, que la inseguridad desbordada, la crisis económica, el deterioro institucional y la pérdida de confianza en los relatos oficiales han dejado al descubierto una contradicción cada vez más evidente: muchos de quienes prometieron emancipación terminaron administrando privilegios; quienes predicaban tolerancia ejercieron censura; y quienes denunciaban abusos acabaron justificándolos cuando estos servían a su propia causa.
¡La cúpula progre se derrumba! Y no únicamente por el avance de sus adversarios. Se desmorona, sobre todo, bajo el peso de sus propias actuaciones, incoherencias y excesos. Ni qué decir de la obscena hinchazón de ciertos bolsillos, razón suficiente para que quienes aún permanecen encaramados en el poder den un paso al costado y liberen incluso a los suyos del dogal que ellos mismos construyeron.
La ciudadanía, como era previsible, comienza a cansarse de los discursos grandilocuentes incapaces de resolver problemas concretos. El miedo cotidiano, el desempleo, la migración forzada, la corrupción y la narcoviolencia no se enfrentan con consignas identitarias ni con superioridad retórica. Exigen autoridad legítima, instituciones sólidas y una noción de país conectada con la realidad, y no con laboratorios ideológicos.
Queda claro que el problema nunca fue el progreso. El problema fue confundir progreso con dogma; justicia con militancia; democracia con hegemonía cultural; y pluralismo con obediencia obligatoria, hasta llegar incluso a la apropiación indebida de símbolos patrios y causas colectivas. Quizá sea esto último lo que más indigna.
Toda estructura sostenida más en intimidación moral que en resultados termina fracturándose. Y cuando eso ocurre, no cae solamente una corriente ideológica: cae también la ficción de su infalibilidad. Esa caída arrastra consigo algo todavía más profundo: una erosión generalizada de la credibilidad política y un cúmulo de caretas desgastadas, turbias y opacas arrumadas en el desván de la historia mal contada.
Se produce entonces un efecto en cascada que termina contaminando a toda la clase dirigente y que solo parece detenerse cuando la sociedad toca fondo, abre los ojos hacia un horizonte distinto y decide elevarse, sin cortapisas, para cambiar y triunfar.
Lo más interesante de esta aproximación a un final largamente esperado es, precisamente, su desenlace. Ese que muchos anticipan en diversas regiones del mundo, intoxicadas de “progres” camuflados en el poder, para que finalmente rindan cuentas por las fechorías, abusos y desmanes acumulados por una clase política atrapada en el desenfreno y la corrupción.
No faltarán voces airadas, maldiciones ni improperios. Pero nada cambiará el destino marcado ni el bamboleo del péndulo acercándose, inevitablemente, al polo opuesto. (O)
