La leche cimarrona que construyó la Nación

En el imaginario colectivo del Ecuador, la historia oficial suele escribirse con la pluma del privilegio, omitiendo sistemáticamente los hombros —y los pechos— sobre los cuales se erigió este país. Hoy, cuando las nuevas generaciones de afrodescendientes exigen justicia, educación de calidad y acciones afirmativas, el Estado y gran parte de la sociedad responden con una condescendencia violenta. Se nos dice que las políticas de equidad son “favores” o “migaja”, ignorando que lo que hoy se reclama no es caridad, sino la devolución simbólica y material de lo que siglos de racismo estructural han arrebatado.
Es imperativo sacudir la conciencia nacional recordando una labor tan loable como invisibilizada: el papel de las nodrizas negras. Mientras las esposas de los hacendados, de las élites que traían seres humanos esclavizados desde Cartagena y de los llamados “próceres de la independencia” disfrutaban de postpartos plácidos y descansados, fueron las mujeres negras quienes, incluso en condiciones de esclavitud o servidumbre extrema, amamantaron a los hijos de la élite. Esos “ilustres apellidos” ecuatorianos crecieron gracias al soplo de vida y al alimento primordial de madres negras que, a menudo, debían postergar el cuidado de sus propios hijos, si es que los dejaban, otros, eran vendidos como cualquier mercancía, para asegurar la supervivencia de la descendencia de sus opresores.
Esta entrega, forzada por un sistema deshumanizante, es la prueba fehaciente de que la comunidad negra o afrodescendiente no es una “invitada” en la historia del Ecuador; es su cimiento. Hablar de reparaciones históricas y acciones afirmativas no es un capricho contemporáneo, es un derecho internacional reconocido por la ONU para los descendientes de africanos esclavizados. El racismo estructural en Ecuador no es solo la falta de oportunidades laborales; es la negación de esta memoria cimarrona que sostiene la vida.
Hoy, la ternura se convierte en revolución. Exigir dignidad no es “quejarse”, es un acto de justicia para nuestras ancestras. Es hora de que el Ecuador reconozca que su identidad está profundamente marcada por la herencia africana y que el respeto hacia las actuales generaciones no es una concesión, sino una deuda pendiente con quienes nos alimentaron desde el origen y sus pechos. Esta es una reflexión colectiva para la memoria y la resistencia afroecuatoriana. (O)
