Control (III)

Esta es la tercera columna bajo el mismo título en la que, a semana seguida, he venido insistiendo en la importancia de aprender a controlar las emociones. La persona que lo hace, habíamos dicho, podría, literalmente, dominar el mundo.
Hace quince días vimos, en términos generales, lo que significa el control de las emociones. Hace ocho, nos centramos en uno de los dos ejemplos que planteé, cual era entender la diferencia entre responder y reaccionar a un episodio bastante común como es el lidiar con personas problemáticas. Y quedó pendiente para esta ocasión, el análisis de un segundo ejemplo, tal vez más complejo y menos frecuente, como el salir, digamos, alegrón de una fiesta y percatarse que el carro ha sido robado.
En ese instante es imposible no sentir rabia, impotencia y tristeza. ¿Cómo lidiar con un dolor tan grande y cuya reacción es tan obvia? ¿Acaso lo que se nos pide es solo sentarse en la acera, cerrar los ojos, respirar hondo y en unos minutos abrirlos con una sonrisa?
No, no va por ahí el asunto. Primero, mantener autocontrol no significa ser impasible o convertirse en una especie de “robot espiritual”. Es natural sentir todas esas emociones encontradas, lo importante en todo momento es no permitir que, por más intensas que sean, nos ganen o nos controlen.
Segundo, es fundamental saber que hay “actitudes espirituales” que, a lo mejor no le devolverán el carro, pero seguro le darán paz. Y aquí un hincapié fundamental: nada, repito, nada sobre la faz de la Tierra es más importante y valioso que sentirse en paz. Hay que saber identificar, por ejemplo, de dónde proviene el dolor. Si se fija, el dolor no es consecuencia de la pérdida del carro en sí, sino de la creencia de que ese carro le proveía pertenencia, comodidad y valía, es decir, una creencia ligada al ego. Si sigue pensando así, seguro no tendrá paz. Por el contrario, identificarse con su esencia significa que aunque no tenga en qué transportar su cuerpo mañana, lo que usted realmente Es no ha sido vulnerado.
Tercero, no sabe y tal vez nunca lo sabrá, para qué ocurrió el hecho. Preguntarse ¿para qué? en lugar de ¿por qué? cambia radicalmente la forma en que vemos las cosas. A lo mejor “algo” o “alguien” desde “algún lugar” evitó una tragedia quitándole el arma -para que- esa noche de copas no cometa una barbaridad. Piense en esto: ¿para qué? atrae paz, ¿por qué? llama al juicio. Si le pregunta a Dios ¿cómo quieres que vea esto? en vez de ¿por qué me pasa esto? la respuesta, muy probablemente, le sorprenderá.
Todo esto hará que, claro, continúe con el proceso legal para la recuperación del vehículo, pero ya no desde la desdicha y el sufrimiento, sino sabiendo que su paz no es rehén del comportamiento de un desconocido.
Como ve, en este caso también se responde, no se reacciona. (O)
