¿Ya no me ama?

Durante el enamoramiento existe una combinación intensa de novedad, ilusión, anticipación y recompensa emocional.
Desde una perspectiva neuropsicológica, el enamoramiento se ha relacionado con la activación de circuitos cerebrales vinculados al sistema de recompensa y motivación, en los que participa la dopamina. Por eso, un mensaje, una llamada o la expectativa de un encuentro pueden adquirir una elevada saliencia emocional: pequeños estímulos relacionados con esa persona, captan nuestra atención y generan una fuerte respuesta afectiva y de alegría.
Al principio existe una gran cantidad de información por descubrir. Cada conversación permite conocer nuevas características de la pareja y aumenta progresivamente la autorrevelación, es decir, el intercambio de pensamientos, experiencias y aspectos personales que favorecen la construcción de intimidad y crecimiento personal y de pareja.
Pero, nuestro cerebro también tiene una enorme capacidad de adaptación.
Cuando un estímulo se presenta repetidamente y deja de ser novedoso, puede producirse un proceso de habituación. Aquello que inicialmente generaba una respuesta emocional muy intensa, empieza a volverse costumbre. Algo similar puede ocurrir dentro de una relación: conocemos mejor a nuestra pareja, anticipamos algunas de sus respuestas y construimos rutinas compartidas.
Esto no debe confundirse automáticamente con desamor.
A medida que el vínculo evoluciona, pueden adquirir mayor importancia otros componentes como el apego, la intimidad emocional, la confianza, la seguridad afectiva y la complicidad. La pasión empieza a desaparecer, pero la relación puede mantenerse fuerte con una forma de vinculación menos dependiente de la novedad y más sustentada en la estabilidad y el compromiso.
El problema aparece cuando utilizamos la etapa inicial como parámetro para medir cuánto nos ama nuestra pareja: “antes me escribía más”, “antes me buscaba” o “antes tenía más detalles”. La intensidad inicial siempre desaparece pues las relaciones son sistemas dinámicos y atraviesan procesos naturales de evolución, adaptación y crecimiento.
Sin embargo, la habituación no justifica el descuido afectivo.
Mantener espacios de conexión, expresar afecto, conversar sobre dudas y nuevas necesidades, cambiar de ambiente eventualmente y evitar que toda la dinámica funcione de manera automática contribuye al mantenimiento de la satisfacción.
Por eso, la pregunta no debería ser únicamente: “¿Por qué ya no somos como al principio?”
Debemos preguntarnos: “¿Cómo nos estamos eligiendo, cuidando y conectando en la etapa que vivimos ahora?”
Necesitamos evolucionar manteniendo a diario el cuidado mutuo.
La terapia psicológica puede ofrecer un espacio para identificar qué está ocurriendo y construir nuevas formas de relacionarse. (O)
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