Un poquito de combatividad 

Columnistas, Opinión

Desde pequeños aprendemos que debemos ser amables: saludar, compartir, evitar conflictos, ser amables y procurar no hacer sentir mal a los demás para una convivencia fluida.

Pero existe un importante aprendizaje que generalmente dejamos en segundo plano: saber reaccionar con firmeza cuando alguien cruza nuestros límites.

¿Deberíamos aprender a ser un poco más “agresivos”? No en el sentido de atacar o responder con violencia, inicialmente, sino de permitirnos poner límites, ser firmes, levantar la voz, alejarnos o dejar de preocuparnos por parecer desagradables cuando una situación nos hace sentir incómodos.

En psicología hablamos de asertividad como la capacidad de expresar necesidades, decisiones, y reglas de acceso hacia nuestra persona de manera clara. 

En situaciones relacionadas con el contacto físico implica comprender que podemos decir “no”, “para”, “no me toques” o “aléjate” sin necesidad de ofrecer explicaciones. También significa reconocer que haber sido cariñosos, haber aceptado previamente un acercamiento o incluso haber iniciado una interacción más cercana o íntima, no descarta nuestro derecho a cambiar de opinión y decidir ya no quererlo.

Las investigaciones sobre prevención de la violencia sexual ha encontrado que entrenar habilidades para reconocer situaciones de riesgo y practicar estrategias de resistencia verbal y física contribuyen importantemente a disminuir determinadas formas de victimización. Sin embargo, existe un punto fundamental: saber defenderse no significa que siempre podamos hacerlo.

Ante una amenaza intensa, nuestro organismo puede activar diferentes respuestas de supervivencia. Una de ellas es la inmovilidad tónica, una reacción involuntaria en la que la persona puede sentirse paralizada, experimentar dificultades para moverse, hablar o reaccionar. Por ello, quedarse quieto, no gritar o no luchar nunca debe confundirse con consentimiento.

La responsabilidad de un abuso siempre corresponde a quien decide ignorar los límites de otra persona. Enseñar herramientas de autoprotección no pretende trasladar esa responsabilidad a la víctima, sino ampliar los recursos disponibles para reconocer situaciones incómodas, establecer límites y buscar ayuda profesional de ser necesario.

Los tutores de niños y adolescentes deben enseñar desde edades tempranas que ser respetuoso no significa tolerarlo todo. Tenemos derecho a alejarnos, pedir ayuda, decir “no” con firmeza e incluso incomodar a alguien cuando está vulnerando nuestros límites.

Y cuando una experiencia de abuso, acoso o vulneración deja miedo, culpa, vergüenza, ansiedad o dificultades para establecer límites, no es necesario afrontarlo en soledad. Buscar acompañamiento psicológico ayudará a comprender las reacciones que aparecieron durante la experiencia, trabajar sus consecuencias emocionales y recuperar progresivamente la sensación de seguridad y control. (O)

tamayodomenica5@gmail.com

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