Un año más del arrastre de caudas /Ing. Patricio Chambers M.

Columnistas, Opinión



Tal como ha venido sucediendo desde los primeros tiempos de fundación de la capital de los ecuatorianos allá por el siglo XVI, este Miércoles Santo en la Catedral se realizó la tradicional ceremonia del “arrastre de caudas”.

Su base es un antiguo ritual funerario en el imperio romano, que se llevaba a cabo cuando un general moría, entonces el jefe de la legión agitaba el aire con el estandarte sobre el cadáver de éste, con el propósito de que la valentía y virtudes de su comandante sean recogidas y luego trasmitidas a su tropa a través del flamear del estandarte.

Esta tradición de tanto significado fue asumida posteriormente por el catolicismo, colocando la figura del general en la persona del propio Jesucristo, que mediante el “batido de la bandera” trasmitiría el espíritu divino a cada uno de sus feligreses.

Los ritos iniciales se dieron en Sevilla (España) para luego pasar a Lima y posteriormente asentarse en Quito, siendo hoy por hoy la única ciudad en el mundo donde se la lleva a cabo.

Se trata fundamentalmente de una misa con un formato particular, dirigida por el Arzobispo de la capital que, desde el sillón dorado ubicado detrás del altar, se reviste con una túnica dorada, púrpura y blanca, adornada con hilos de oro y plata, acompañado de dos canónigos vestidos de blanco y púrpura.

En la celebración participan seis clérigos, identificados como “Los Primados”, quienes son elegidos para esta ceremonia por haber entregado su vida a la Iglesia y por ello su edad promedio es de 80 años. También son acolitados por dos jóvenes canónigos.

El altar está completamente vacío, pero cubierto por una enorme bandera de fondo negro con una cruz roja que la atraviesa de principio a fin.

La presencia de Jesús es representada en la “Lignum Crucis”, una reliquia en forma de cruz hecha de oro y piedras preciosas, y que en su centro tiene impregnados fragmentos de la auténtica Cruz de Cristo.

La música entonada por un coro y el órgano tubular de estaño, plomo y zinc, acompaña en todo momento a la ceremonia con una marcha fúnebre y el ‘Vexilla Regis’ o himno a las Banderas del Rey.

En un momento dado, los Primados recorren por los pasillos la Catedral vistiendo una sotana negra, una capa pequeña y la capucha de la que se desprende la cauda, de tela negra de unos tres metros de largo que cae arrastrándose por el suelo desde las espaldas de los religiosos.

Son seguidos por el Arzobispo portando el “Lignum Crucis”, bajo un palio que es una especie de tapiz grande colocado sobre cuatro varas largas, portado por canónigos y precedido por campanillas.

Finalmente retornan frente al altar, colocándose boca abajo con sus brazos en forma de cruz, a la espera del flamear de la bandera por parte del Arzobispo quien simbólicamente los redime, para luego hacerlo hacia los feligreses y terminar con una bendición.

CC No. 170646122-3

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