Serie sobre la corrupción: en la empresa privada / Ing. Patricio Chambers M.

Columnistas, Opinión


En nuestra serie de artículos sobre la corrupción, toparemos hoy este tema dentro de la empresa privada, en la cual al igual que en muchos otros ámbitos, este cáncer social la ha contaminado por dentro y desde hace mucho tiempo, convirtiendo en cotidianas y normales una serie de prácticas totalmente censurables.

Para hablar de ética en estas organizaciones empresariales hace falta llevarla al ámbito humano, pues las empresas no son las que responden a esta categoría sino más bien quienes las conforman.

Es así como los empleadores y trabajadores de una compañía tienen el deber de cumplir, no sólo con sus propios valores éticos sino también con aquellos principios colectivos con los que la organización busca identificarse y ser identificada por la comunidad.

Los valores empresariales marcan la línea de comportamiento en su gestión interna o externa; no son únicamente un enunciado de buena intención sino los pilares de la cultura organizacional, misma que debiera traducirse en actuaciones plenamente alineadas por parte de sus dependientes.

De tal manera que los sujetos de una estructura empresarial deberán atenerse al cumplimiento estricto de una ética profesional. Es decir, guardarán coherencia entre lo determinado para el ámbito individual, tanto como para lo profesional y empresarial, siendo estos principios los mismos en todos sus niveles, aunque con énfasis específicos para cada caso.

Cuando por alguna razón sus gerentes pierden esta noción, la empresa deja de ser un espacio de beneficio colectivo para convertirse en un mecanismo que viabiliza actos corrupción en favor de quienes la integran, poniendo su dirección en manos de gente deshonesta e inmoral.

Por ello cuando preguntaron a Marcelo Odebrecht ¿por qué corrompió a tantos empresarios?, respondió que no fue él quien los corrompió… ellos ya eran corruptos.

El abandono de valores y principios no es algo que se produce de la noche a la mañana, sino de manera gradual casi imperceptible, haciendo que aquello que en su momento era moralmente reprochable, pase a la categoría de normal y aceptado.

Entonces la ambición y la codicia empieza a copar la psiquis de quienes dirigen la nueva organización integrada por cómplices a todo nivel. Ya nada los detiene en su deseo desenfrenado de acumular bienes materiales, dinero y prestigio externo de una empresa de crecimiento inusitado; aunque lleve dentro de sí el germen de su propia destrucción.

Ahora para todo hay justificación y es fundamentalmente, la subsistencia de la compañía. Los negocios se convierten en negociados y siempre habrá piezas claves por involucrar a cualquier precio, no necesariamente monetario, muchas veces en especies y favores sexuales.

El soborno es la herramienta, los contratos son amañados desde los términos de referencia, las ofertas presentadas tienen un mismo origen… luego vendrá el blanqueo de dinero pagadero a sus dueños con la venta parcial de sus proyectos, porque el resto es “utilidad”.

De este modo se alcanza a los grandes contratos con el Estado, financiando además algunas campañas políticas. (O)

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