Raspando la olla

Columnistas, Opinión

La expresión «raspar la olla» surgió en las cocinas humildes, donde era necesario aprovechar hasta el último resto de comida pegado al fondo del recipiente. Con el tiempo dejó de referirse únicamente a los alimentos y pasó a describir cualquier situación en la que ya no quedan recursos y se recurre a lo último disponible.

La metáfora parece hecha a la medida de la política ecuatoriana. Ayer concluyó el plazo para realizar los cuestionados procesos de democracia interna previos a las elecciones seccionales de noviembre. El resultado fue una búsqueda frenética de candidatos. En medio de los cabildeos, los nombres cambiaron de un día para otro y surgieron alianzas que hasta hace poco parecían impensables.

Muchas organizaciones terminaron raspando la olla para nominar candidatos con décadas de presencia en las papeletas electorales, tránsfugas que han militado en varios partidos o personajes que cambian de camiseta con la misma facilidad con la que otros cambian de domicilio. Para colmo, donde ya no había nombres conocidos, aparecieron ciudadanos reclutados a última hora únicamente para completar las listas.

A esta precariedad se suma la proliferación de partidos y movimientos de alquiler; es decir, organizaciones que, más que defender un proyecto de país, parecen limitarse a ofrecer un casillero electoral a cualquier aspirante, sin importar su historia, trayectoria o convicciones. Lo importante fue completar las listas antes de que venciera el plazo.

Como consecuencia, salvo honrosas excepciones, ya no sorprende encontrar postulantes que ayer se proclamaban progresistas y hoy representan a organizaciones de derecha; o políticos que defendían postulados liberales y ahora aparecen en movimientos de origen izquierdista. Más que una evolución del pensamiento, muchas veces se percibe un simple cambio de conveniencia. Las organizaciones dejaron de representar ideas para convertirse en vehículos electorales.

La democracia necesita candidatos; pero, sobre todo, buenos candidatos. No basta con llenar las papeletas. Hace falta ofrecer a la ciudadanía personas con solvencia moral, capacidad técnica y auténtica vocación de servicio.

El momento en que un partido debe raspar la olla para escoger a sus representantes, el problema deja de ser exclusivamente de esa organización y se traslada a toda la sociedad, obligada a elegir entre la incompetencia, la mediocridad y la improvisación. Así, la política deja de cultivar el futuro y termina administrando la pobreza. No faltan partidos; faltan líderes. No sobran movimientos; escasean las convicciones. (O)

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