Ocho cuerpos, una misma pregunta

El hallazgo de ocho cadáveres en sacos de yute a un costado de la vía Babahoyo-Jujan estremeció a un sector de la población. No a todo el país. Las víctimas desaparecieron días antes en Daule.
Las imágenes del caso recorrieron medios de comunicación nacionales e internacionales, dejando una pregunta dolorosa: ¿hasta cuándo?
Lo ocurrido forma parte de una cadena de acontecimientos que, lamentablemente, forma parte del paisaje cotidiano. Secuestros, desapariciones, extorsiones, atentados, asesinatos múltiples… aparecen con regularidad en los titulares de las noticias. Lo que antes provocaba conmoción durante semanas, hoy ocupa apenas algunos días en los medios de comunicación y plataformas digitales antes de ser reemplazado por una nueva tragedia.
Esto es un breve retrato de la magnitud de la crisis. Por un lado, el hallazgo de cuerpos; por otro, la persistencia de hechos violentos en distintas provincias del país. La sensación es que la violencia ya no distingue territorios, horarios, víctimas ni circunstancias. Está presente en las ciudades grandes, en los cantones despoblados y en las zonas rurales.
El Gobierno responde con estados de excepción, toques de queda y operativos en varias provincias y cantones. También, anuncia capturas de objetivos de alto valor, decomisos de armas y allanamientos. Sin embargo, la violencia no para. Las cifras oficiales dan cuenta de operativos y resultados, pero la sensación de inseguridad permanece intacta en la población.
Es cierto, la violencia no puede entenderse únicamente como un problema de seguridad. Durante años, el crimen organizado logró infiltrarse en territorios, economías locales e incluso instituciones. Desmontar esas estructuras exige mucho más que medidas temporales o respuestas de emergencia; requiere política pública, estrategia sostenida, recursos suficientes, liderazgo y decisiones pensadas a largo plazo.
Lo más preocupante es el riesgo de acostumbrarse. El crimen organizado se convierte en parte del inventario del país, mientras la sociedad corre el riesgo de perder su capacidad de indignación. Cadáveres encontrados en una carretera no pueden transformarse en una noticia más. Muchos dirán que es un ajuste de cuentas entre bandidos. Pero, detrás de cada víctima existen historias que no se conocen.
Si la violencia continúa estableciendo sus normas, no existirá discurso sobre temas como crecimiento económico, obras públicas o estabilidad que sea adecuado. La primera responsabilidad del Estado es garantizar la vida. ¿Hasta cuándo? (O)
