Manuela / Lic. Mario Mora Nieto

Columnistas, Opinión

            “Cómo no haber sentido la singularidad magnética, el influjo penetrante y halagador, la potencia de hermosura y fuerza interior que dimanaban de aquella mujer.

            Cómo no admitir las razones por las que Simón Bolívar se vio para siempre cautivo de su frenesí de amor. La atracción de Manuela, jamás fallecerá; ha traspasado los horizontes de su tiempo”.

-Galo René Pérez-

            En la segunda mitad del siglo XVIII las colonias españolas de América se encontraban abiertamente enfrentadas contra España, debido al abuso y explotación económica a que habían sido sometidas. En este contexto aparece Eugenio Espejo, dotado de una inteligencia sobresaliente, que le permite influir con su pensamiento revolucionario en los jóvenes criollos. Los discípulos de Espejo serán los que posteriormente organicen en la Real Audiencia de Quito los primeros movimientos independentistas que datan de Agosto de 1809.

            El 27 de diciembre de 1795, y en ese ambiente en el cual ya se respiraba, el aroma de insurrección, nace en Quito Manuela Sáenz Aispuru, cuyos padres fueron Simón Sáenz, español y Regidor de Quito, y doña Joaquina Aispuru, quiteña de 29 años de edad, soltera y de situación económica acomodada. Lamentablemente, doña Joaquina fallece en enero de 1796, a los pocos días del alumbramiento.

            La peque Manuela crece al amparo de su madrastra doña Juana Campo Larrahondo, mujer inteligente, justa y de buenos sentimientos, por eso la llamará siempre “mamá”.

Doña Juana, como toda su familia de Popayán, tiene ideas revolucionarias y patriotas. Manuela, entonces, está unida a su madrastra, no solo por el cariño filial, sino también por sus ideas políticas. Desde su pubertad asiste con ella a reuniones secretas con los patriotas para complotar en contra de la opresión impuesta por la monarquía española.

            Los sucesos del 2 de Agosto de 1810 marcaron su vida. Se enciende en ella la llama patriótica y en lugar de amilanarse se jura a sí misma luchar por la libertad de su pueblo. Tenía 15 años, se hace cargo del sacrificio y el dolor de su pueblo.

            Para la Batalla de Pichincha, al no ser admitida en el ejército independentista organiza operativos y estrategias para ayudar a los patriotas. Manda así mismo una recua de cinco mulas con provisiones para el batallón “Paya”. Al respecto, en su diario escribe: “No espero que me paguen por esto, pero si este es el precio de la libertad, bien poco ha sido”.

Luego del triunfo del 24 de mayo de 1822, Manuela cuenta toda la alegría que reina en la ciudad por el triunfo sobre los realistas.

Se inicia una ilusionada espera por la llegada del libertador que legitimará el establecimiento de la república.

            En efecto, el 16 de junio se cumple esta aspiración con la entrada triunfal de Bolívar.

            En uno de los actos oficiales organizados para la celebración se encuentran Manuela y Bolívar iniciándose una relación afectiva que los convertirá en una de las parejas más célebres de la historia romántica de esos tiempos.

            Desde entonces Manuela entra a formar parte de la vida del Libertador como su compañera fiel, sin perder su dignidad de mujer superior. Será el punto de partida de una unión que durará más allá de la muerte y que cambiará radicalmente el destino de los dos.

            Manuela se convierte en la asesora y consejera de Bolívar, llegando incluso a salvar su vida en varias ocasiones como ocurrió en Bogotá la célebre noche del 25 de septiembre de 1820, lo que le valió el título de “Libertadora del Libertador”.

            En medio de una tremenda crisis política se separan la mañana del 8 de mayo de 1830. Bolívar enfermo, amargado y desilusionado llega a San Pedro Alejandrino donde muere el 17 de diciembre de 1830.

            Muerto el libertador Manuela es objeto de represiones y ofensas hasta que en 1835, por orden de Vicente Rocafuerte, es desterrada a Paita (Perú), en donde muere, el 23 de noviembre de 1856 en medio de la más absoluta pobreza y abandono, a la edad de 59 años. (O)

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