Libertad o libre albedrío

Columnistas, Opinión

Libertad es, tal vez, el término más antagónico que podamos imaginar porque, por un lado, la poseemos completamente y por otro, nos es absolutamente esquiva.

Partamos del hecho de que en el sentido más puro “libertad” significa no dependencia, es decir, absoluta libertad de elegir, hacer o decir lo que sea sin condicionamientos de ningún tipo.

Si nos basamos en este concepto, que por demás es lógico y fundado, estaría bien preguntarse, entonces, si en realidad nos consideramos libres, en otras palabras, si al momento de elegir lo que sea, sentimos genuinamente que no dependemos de nada ni de nadie para tomar esa decisión. 

Está por demás asumir la respuesta que sin duda apuntará a un rotundo NO. Y es que no somos libres en lo más mínimo porque en cada elección que tomamos, por más intrascendente que sea o parezca, siempre va a existir una dosis de dependencia basada en un sinnúmero de creencias, sesgos y apegos alojados en nuestro subconsciente. 

Si escojo “B” en vez de “A” o “C” ha sido porque cada una de esas variables lleva una carga de prejuicios (conscientes o inconscientes, a favor y en contra) que condicionan la elección por una y no por otra. Y es precisamente esa (preferencia / renuncia) la que nos limita, y al limitarnos dejamos de ser libres del todo. Podríamos decir, en resumen, que mientras existan alternativas que escoger jamás seremos libres.

Todo esto, desde el punto de vista racional de las cosas; pero ¿qué tal si lo vemos desde la óptica contemplativa, desde el misticismo no-dual de la espiritualidad?, pues, allí el sentido cambia radicalmente porque la sola libertad de elegir (o sea, el libre albedrío) ya es en sí misma la máxima expresión de libertad.

El libro Un curso de milagros nos dice que el recurso del libre albedrío nos permite elegir en todo momento y circunstancia únicamente entre dos sistemas de pensamiento: el del ego y el del Espíritu Santo. El primero inspirado desde el miedo y la culpa, mientras que el segundo guiado por la Luz, el Amor, Dios.

Por lo tanto, libertad y libre albedrío, como bien lo colegirá, han sido términos que los hemos confundido y abusado de ellos, como si los dos significaran la simple elección entre uno y otro candidato político, como si debiésemos decidir entre un traje rojo o uno verde, o si de ver una serie o una película en Netflix se tratara. Eso se llama simple elección. 

El libre albedrío va infinitamente más allá, no tiene nada que ver con un particular cuestionamiento en discusión, sino, con descubrir en manos de quién pongo esa decisión, si en manos del miedo o en manos del amor. 

Esta es, pues, la verdadera, única y genuina libertad: el saber manejar ese libre albedrío para sembrar certezas y ser uno con Dios. (O)

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