Héroes de 90 minutos, excluidos de por vida

Columnistas, Opinión

El fútbol suele ser el espejo donde un país se mira, pero también donde se revelan sus contradicciones más profundas. La reciente aparición en el Mundial de Fútbol de un hincha disfrazado de Patricio Lumumba —líder de la independencia de la República Democrática del Congo— despierta un eco que retumba con fuerza en las venas de América Latina, particularmente en Ecuador y Colombia.

Para muchos, la palabra «Congo» evoca un mapa lejano o una tragedia histórica del siglo XIX, cuando el rey Leopoldo II de Bélgica convirtió a ese territorio en su sangriento feudo personal. Bajo su régimen, el Congo sufrió una de las mayores atrocidades de la humanidad: millones de vidas truncadas, mutilaciones y el saqueo sistemático de sus riquezas en nombre del «progreso» europeo. Aquella invasión no solo destruyó un tejido social, sino que despojó a los seres humanos de sus identidades. En el cruel proceso de la esclavitud, los barcos negreros no solo transportaron cuerpos; también intentaron borrar pasados. A miles de africanos se les arrebató el nombre y se les impuso, como ganado, el apellido de sus amos. Por eso, que hoy en día en Ecuador y Colombia existan ciudadanos que llevemos orgullosamente el apellido Congo no es una coincidencia: es un acto supremo de resistencia y memoria viva. Es la prueba de que el fuego de la identidad no pudo ser extinguido.

Esta memoria histórica choca de frente con nuestra realidad actual. En un país de 18 millones de ecuatorianos, la población afrodescendiente representa apenas un puñado, cerca del 7%. Sin embargo, al mirar a nuestra selección nacional, la proporción se invierte de forma casi mágica: aproximadamente el 90% de los jugadores que defienden la camiseta son afrodescendientes, dejando apenas un 10% de presencia mestiza en la cancha. El país grita sus goles, se abraza con sus triunfos y los eleva a la categoría de héroes nacionales durante noventa minutos.

Pero la paradoja se vuelve dolorosa cuando se apagan las luces del estadio. Estas estadísticas, que deberían movernos a la reflexión profunda, contrastan con un racismo estructural que sigue vigente. Fuera de la cancha, ese mismo pueblo que aplaude el talento afrodescendiente perpetúa el perfilamiento racial, la discriminación cotidiana y la revictimización en las calles, los empleos y las instituciones. Es hora de entender que la dignidad humana no se negocia según el rendimiento deportivo. Honrar no solo el apellido Congo, también lo hacemos con: Chalá, Ogonaga, Carabalí, Matamba, Minda, Mina, Angulo, y reconocer a nuestra población negra es el primer paso para desmantelar la exclusión y abrazar, por fin, una verdadera hermandad. (O)

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