¡Guerrón! El precio de la gloria y el valor de la empatía

Hoy el fútbol y el país están de luto. Nos toca despedir a un ser humano que formó parte de una de las páginas más hermosas, memorables y transformadoras de nuestra historia deportiva: aquella primera e inolvidable clasificación a un Mundial en Corea-Japón 2002. Raúl Guerrón, un guerrero que nos hizo vibrar y tocar el cielo con las manos, ha partido. Su partida deja un vacío profundo en quienes valoramos el esfuerzo de aquella generación de oro, una época dorada en la que, por primera vez, la selección nacional se consolidó con el talento, el quiebre de cadera y la entrega de seis futbolistas afrodescendientes provenientes del mítico Valle del Chota. Paz en su tumba, campeón.
Sin embargo, su adiós no solo duele por la pérdida física de un ídolo, sino por la amargura colateral que deja ver la peor cara de nuestra sociedad. La semana pasada, cuando se activó una cadena de ayuda social y solidaridad para intentar cubrir sus costosos e inalcanzables gastos médicos, dolió profundamente ser testigos de la falta de humanidad de muchos. Es indignante y vergonzoso recordar la ola de críticas despiadadas y comentarios miserables que inundaron las redes sociales. «¿Qué hizo con tanta plata que cobró como futbolista?», «Se la gastan en fiestas y mujeres», repetían con saña algunos usuarios desde la comodidad de una pantalla y el anonimato que dan los teclados.
Qué fácil es juzgar desde afuera sin conocer la realidad, los dolores profundos ni las vueltas impredecibles que da la vida.
Aquellos que señalaban con el dedo de la superioridad moral olvidan, convenientemente, que los futbolistas de esa época no ganaban las fortunas astronómicas de los contratos europeos actuales. Olvidan también que, en territorios históricamente postergados, como el Valle del Chota, la educación de calidad y las oportunidades reales de trabajo e inversión llegan a cuentagotas. Pero, sobre todo, olvidan que la salud en nuestro país es un sistema que puede quebrar financieramente a cualquiera, y que la gloria deportiva del pasado no te hace inmune a la enfermedad, a la vejez ni al sufrimiento humano.
Al final del día, la vida no tiene precio. El valor más alto que podemos cultivar como seres humanos no está en el dinero que se acumula en una cuenta, sino en la empatía y la solidaridad activa con alguien que está atravesando momentos de extrema vulnerabilidad. Nadie merece ser pisoteado ni juzgado cuando se encuentra caído en una cama de hospital.
Quédate con la gloria eterna, Raúl. Gracias por la historia que escribiste con sudor en la cancha, y perdón por la indolencia y la memoria frágil de tantos. Tu legado en el balompié nacional es imborrable, y tu nombre ya está inscrito en la eternidad del pueblo ecuatoriano. (O)
