Fútbol, espejos y un país a la deriva

Hermanos Ecuatorianos: viendo el panorama actual, uno se pone a pensar de verdad. Si cosechar frutos dependiera únicamente de cuántas semillas siembras, China sería el rey indiscutible del universo futbolístico con 1.400 millones de habitantes. Pero la realidad es otra, a veces ridículamente irónica: aquí estamos nosotros, un país de 18 millones de habitantes, viendo cómo Curazao, con una población que apenas roza el tamaño de un barrio de Quito o Guayaquil, nos saca un empate histórico y nos deja con el hígado en la mano. Queda claro que, en el fútbol, como en la vida, no se trata de cuántos árboles tengas, sino de la calidad del fruto. El problema es que pretendemos exigir un nivel del primer mundo europeo mientras seguimos sembrando procesos de barriada.
Este baño de realidad en la cancha expone nuestras mayores miserias culturales. Hace una semana, nuestra defensa era cotizada como «la mejor del mundo» y nuestro goleador histórico era un héroe intocable; hoy, tras un mal resultado, los crucificamos sin anestesia. En nuestro afán de descargar frustraciones, olvidamos el pequeñísimo detalle de que son seres humanos falibles y no máquinas programadas para sostener nuestra frágil salud emocional. Pero calma, señores hermanos ecuatorianos, que esto no es una excepción: el fútbol es el reflejo fiel de cómo vive el país y hasta el momento no hemos ganado una Copa Améroica. Nos canibalizamos a diario por los políticos y los gobiernos de turno, así que era predecible que nos arrancáramos la cabeza por una alineación.
Irradiamos una bronca ciega. Nos desgarramos las vestiduras por empatar con una isla caribeña, pero nuestra soberbia nos impide ver que sus jugadores militan en ligas de Europa, Países Bajos y Turquía. Preferimos el grito visceral al análisis analítico, porque exportamos a la cancha las mismas prioridades invertidas que nos destruyen como sociedad. Vivimos obsesionados con construir cárceles, entregar bonos y aplaudir estados de excepción que siembran temor y resentimiento, pero nos da amnesia colectiva a la hora de sembrar escuelas y hospitales. Es alarmante la facilidad con la que etiquetamos a niños vulnerables como «criminales» y «sicarios», mientras los verdaderos mafiosos adultos le hacen pedazos al país ante nuestra cómplice mirada.
¿No será mejor guardar un momento de silencio? Callar la bilis y el ruido para escuchar una voz superior que nos mueva a un cambio de actitud urgente con el prójimo. Mientras sigamos cosechando odios, el partido más importante lo seguiremos perdiendo por goleada.
