El milagro del momento presente

Columnistas, Opinión

Los cánones de la espiritualidad hablan de varios condicionantes para alcanzar la iluminación: la disposición, la práctica, el momento presente, entre varias otras. No obstante, de todos ellos saberse en el momento presente, pienso, es la piedra angular que catapulta sí o sí al tan anhelado autoconocimiento.

Debemos anotar, sin embargo, que ese momento presente no tiene nada que ver con simplemente “creer” que lo estamos porque, sí, podemos ser conscientes del lugar y el momento en el que nos encontramos, pero al mismo tiempo estar con la mente totalmente ausente, entregada a otras lides.

El momento presente en espiritualidad es, por tanto, comulgar con el espíritu divino que soy y sentir a través de él el Universo en un instante.

Y sin duda, todos hemos experimentado ocasionalmente ese verdadero momento presente, más, por desconocimiento, desinterés o lo que sea, no lo hemos practicado con regularidad. Haga memoria de los suyos, seguro los va a encontrar. A mí, a propósito del Mundial de Fútbol, se me vino a la mente la siguiente simpática anécdota.

De chico, en una cancha de fútbol de medidas reglamentarias, debíamos cobrar un tiro de esquina y fui yo. Nunca antes había pateado un balón # 5 desde la bandera del córner a tan larga distancia, con todos los jugadores esperando en el área de gol, con el peso de la responsabilidad de hacerlo bien y la expectativa de generar una buena impresión.

Acomodé el balón, me tomé el tiempo necesario, respiré y sentí claramente en mi interior cómo debía patear la pelota, cómo debía acomodar mi cuerpo, cuánta carrera debía tomar y la intensidad y fuerza que necesitaba para cobrarlo.

El tiro salió tan perfecto (alto, largo y justo en el área para que alguien lo rematara) que no solo yo me impresioné, sino mis propios compañeros que pensaron que había sido todo un experto. Cobré un segundo córner con el mismo éxito rotundo; pero para el tercero perdí el presente, pateé el balón confiado en que ya no requería esa concentración previa que hacía que me convirtiera en el observador de mis pensamientos y fallé.

Si hubiera sabido esto desde aquel entonces, sin duda mis cuarenta años posteriores habrían sido diferentes, pero no lo supe ni tampoco asimilé la lección. Es así que mi vida, al igual que la de la mayoría de los humanos, ha transcurrido en automático: yendo y viniendo del doloroso pasado al angustiante futuro, agobiado por el transitar de mil mundos en un minuto, doblegado frente a emociones dispares y orbitando el sufrimiento como si no hubiera más alternativa. Muy pocas veces realmente presente, como en aquel tiro de esquina.

El milagro, pues, no es caminar sobre las aguas, ni convertir el agua en vino, ni tampoco resucitar muertos. El verdadero milagro consiste en aprender a mantenernos presentes, y a partir de este estado mental, reflejar al exterior eso que el mundo considera “milagros”. (O)

mariofernandobarona@gmail.com

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