Fruta, precios y fiesta. 2020 / Pedro Reino

Columnistas, Opinión

Volvamos a lo mismo, solo que esta vez este comentario se focaliza a nuevas autoridades en el poder, que seguramente tendrán otra iniciativa, no para hacer fiesta, puesto que para eso somos campeones; sino para ponerse en los zapatos de los fruticultores de Tungurahua. La crisis del campesino de Tungurahua es tan grave que resulta un sarcasmo el discurso y el hecho mismo de hacer fiesta frente a una comercialización de la fruta  que ahora mismo “está por los suelos”.

Los campesinos fruticultores me han pedido que insista en este tema, (por lo menos para dejar constancia) porque cuando salen al mercado con la producción frutal de temporada, se encuentran con que una caja de Claudia no pasa de 3 dólares, “cuando hay quien pregunte”, dicen. Una caja de pera bordea los cinco dólares y así por el estilo, si se sabe que la caja vacía cuesta un dólar y medio. ¿Y el transporte?  Pero hay que hacer fiesta por la producción que “redime” (según la misma cantaleta de los demagogos)  al campesino que  no pasará de recibir pagos decepcionantes frente a la inversión y a la expectativa de esperar  un año a que las matitas den su fruto.

Hacer fiesta como motivación al turismo no está mal; pero promoverla  en nombre de la producción frutal está, desde hace rato, siendo una tomadura de pelo y una ofensa a un verdadero motivo de identidad cultural sostenible, que está en manos de quienes labran la tierra, la abonan, podan las huertas, fumigan, y trabajan con la esperanza de tener alguna utilidad; y si algo queda, deberían tener el gusto y la alegría de disfrutar de su rentabilidad, porque su trabajo ha merecido alguna sobrada ganancia. El caso es que la Fiesta de la Fruta, ahora mismo es un asunto netamente urbano, desvinculado por razones históricas de la idea original. Se la hace con artistas contratados a buenos precios que vienen de otros lados, con gente que vende carioca, con hoteleros que hacen sus reservas y con otros protagonistas económicos que en nada benefician a los campesinos que resultan ser los dueños del concepto “del fruto y de la flor”.

Tanta iniciativa que se gastan en campaña es que la pongan en práctica. Apartémonos de pensar en “la fiesta” y veamos cómo salvar la identidad y la vocación de esta tierra de ser apta para ofrecer tanta delicia, que es más poética que industrializada, más fotografiada que vendida y consumida. Apliquen ideas sobre lo que se puede hacer para renovar el agro. No ha de ser subir las tarifas de agua de regadío, subir impuestos a los predios. Tener tierras ahora no es ser rico, como antes, dicen los campesinos, sino ser esclavos manipulados que, sin otra alternativa, hasta arrancan los huertos para ver qué sembrar como más rentable para sobrevivir en la pobreza  y entre el desempleo.

 Conectar productividad con festejo, ruralidad con mentalidad urbana, carnaval con terremoto, desatención al agro con reinitas de barrio, etc. Es otra cosa. La integración va más allá de los desfiles, va más allá de los puestos que revenden en las calles para mirar lo que pasa; sobrepasa la mentalidad estructurada de los organismos administrativos de vender puestos que llaman estands, vendan o no vendan los productos los contribuyentes que buscan negocios con la idea de la fiesta. Si se trata de un festejo agro cultural, para que no desaparezcan los huertos de Tungurahua, hagamos una fiesta concomitante con el pensamiento de quienes defiendan los sacrificios de los campesinos y fruticultores, desde cuya voz han salido estas palabras. (O)

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