FIFA 2026

Columnistas, Opinión

¡Y la pelota rueda! Sigilosa se desliza sobre el gramado, acaricia la hierba y parece guardar en el silencio de su recorrido, todos los sueños que anteceden al grito de gol… Ese grito que estremece estadios, despierta emociones y transforma por un instante a miles de desconocidos en una sola voz. 

Camino al Mundial 2026, esa sensación vuelve a instalarse en el corazón de quienes vivimos el fútbol como una celebración colectiva y una forma de encuentro.

¡La cuenta regresiva comenzó!

Entre pasaportes, itinerarios, reservas y equipajes, la emoción se abre paso. Las preocupaciones propias de cualquier viaje: hospedaje, costos, distancias, imprevistos y remedios para sobrellevar el estrés de la espera, mantener y cuidar la salud son parte de tema. Porque asistir a un Mundial no es únicamente trasladarse de un lugar a otro; es perseguir una ilusión que durante años cohabitó el terreno de lo imposible.

De cara al Mundial, el alma se agita; el corazón palpita y se agiganta mientras se afina el periplo.

Los recuerdos, revolotean la memoria. 

Vuelven imágenes de competencias observadas a través de una pantalla, madrugadas compartidas en familia y conversaciones interminables -imaginando- cómo sería vivir una cita de esta magnitud desde las tribunas.

Durante mucho tiempo, ese anhelo pareció lejano. Ahora, al alcance de la mano, adquiere una dimensión distinta.

Viajar al Mundial es reencontrarse con uno mismo en otras miradas. 

Los lugares por descubrir son un imperativo. Los visitados con antelación, siguen siendo novedosos. La memoria se activa y el tiempo adquiere otro valor. Los años transcurridos pesan menos en la maleta que en la conciencia. Allí se concentran experiencias acumuladas, alegrías, derrotas e historias que nos han convertido en quienes somos.

Sin embargo, toda celebración lleva consigo una cuota de nostalgia. 

No siempre es posible reunir a todos los que desearíamos tener cerca para compartir un momento especial. Siempre habrá una ausencia que duela, una voz que ya no escucharemos o un abrazo que quedó pendiente. 

Son esas presencias invisibles las que muchas veces acompañan con mayor fuerza los instantes verdaderamente importantes de la vida.

Quizá por eso el fútbol conserva una capacidad única para conmovernos. 

Más allá de los resultados, de las estadísticas o de las figuras de turno, nos conecta con emociones profundas. Nos permite evocar de dónde venimos, valorar quiénes caminan a nuestro lado y reconocer a quienes dejaron una huella imborrable en nuestra historia personal.

La clasificación de Ecuador y la presencia de La Tri en una nueva Copa Mundial representan mucho más que un logro deportivo. Constituyen una oportunidad para reencontrarnos como país alrededor de una causa común. Durante noventa minutos desaparecen diferencias sociales, políticas y generacionales. Compartimos colores, ilusiones y expectativas. Nos reconocemos parte de una misma comunidad.

Ojalá esa capacidad de unión no se limitara únicamente al fútbol. Ojalá pudiéramos trasladar ese espíritu a otros ámbitos de la vida nacional: a la política, a la planificación, al trabajo colectivo y al desarrollo. El ejemplo está frente a nuestros ojos. Cuando existe disciplina, esfuerzo, compromiso y objetivos claros, los resultados llegan.

La pelota seguirá rodando. Con ella avanzarán los sueños, las esperanzas y la vida misma. Y cuando finalmente llegue el momento de ocupar un asiento en el estadio, de escuchar el himno o de celebrar un gol, comprenderemos que la espera tuvo sentido. 

Porque los mundiales se juegan y terminan, pero las emociones que generan permanecen. Al final de cuentas, lo que guardamos no son solo los partidos, sino las historias, los encuentros y los afectos que nacieron alrededor de ellos.

La TRI superó el espacio de la ilusión. Pasó de ser un sueño a inscribirse en desafío, superación, orgullo y realidad. (O)

Deja una respuesta