Fiesta de nuestro Dios / P. Hugo Cisneros C.

Columnistas, Opinión

                            

En días pasados me encontré con una foto y una reflexión muy original: un señor coleccionista se había cansado de tener la colección de santos y de imágenes religiosas y comenzó a sacarlas fuera de su negocio, a la calle, y el pie de foto decía: “Los santos a la calle”.

Hemos hecho al Dios verdadero a la calle. Este recorte de imágenes y palabras creo que es una realidad en la gran mayoría de los hombres de hoy. Se llega a una determinada edad, se afronta la dificultad de algún problema o sufrimos alguna desilusión y nos decidimos a arrancar del corazón a aquel que nos molesta, que nos estorba, que nos reclama, que nos cuestiona y entramos a formar parte de todo ese montón que ha decidido echar a la calle al verdadero Dios que está en nuestro corazón, y el corazón ha quedado sin aquello que queríamos, que cuidáramos: Dios.

Pero regresamos a la leyenda de la revista, aquel señor se sintió insatisfecho al ver sus piezas vacías y empezó a llenarlas de otras “cosas”, de otras aficiones: instrumentos psicodélicos, unos robots que le hacían todo, unas imágenes no tan aconsejables para “menores” y esos nuevos objetos comenzaron a ocupar toda su atención, su preocupación; vivía por ellos, se desvelaba, pensaba sólo en ellos y hasta sufría porque podía arrebatárselos y robárselos.

Así mismo nosotros no nos contentamos con quedarnos vacíos y, siguiendo la costumbre del hombre desde que es hombre, que no ha podido vivir sin Dios, comenzamos a inventar nuevos dioses, convirtiéndonos en religiosos ateos, en los nuevos idólatras de hoy.

Dejamos que entre el dinero: y por dineros nos desvelamos, creemos que en él está la felicidad, por él vendemos nuestras convicciones, establecemos un nuevo merado de compra y venta de afecto, claudicamos por dinero en lo más sagrado de nosotros: la conciencia, hasta vendemos la familia: poderoso caballero, dios dinero.

Hacemos que entren a ocupar los espacios vacíos el placer; de la noche al amanecer y viceversa, hoy buscamos gozar, disfrutar, sin importarnos nada y nadie. El sexo, el vicio diariamente reciben el culto de los ojos, del corazón. Pero lo más grave es que hemos dejado que nosotros mismos nos hagamos dioses: dueños de decidir sobre el bien y el mal. Sobre la bondad y la maldad de las cosas y las personas.

Ante esta situación de una idolatría religiosa, en esta fiesta de nuestro Dios, es necesario que volvamos a renovar nuestra e en Dios, volvamos a invitarle a que entre, pues no queremos que se quede en la calle y comencemos a sentirlo y a vivirlo como Padre por su amor, por su cariño, por su presencia, por su cuidado; como Hijo por su sacrificio, por su lealtad, por su amistad y como Espíritu Santo por el impulso, la luz y la fuerza que nos comunica en cada situación.

La mejor manera de identificar al Dios en el que creemos frente a los otros dioses, es siendo lo que Él quiere que seamos desde la creación: imagen y semejanza suyas.

Que los otros al vernos descubran la bondad, el amor, la entrega al Padre; la lealtad, la generosidad, la entrega del Hijo y nos vean impulsados y movidos por el Espíritu Santo. (O)

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