El testamento que nadie quiere leer, pero todos deberían cumplir

Columnistas, Opinión

El Año Viejo ya habló. Y como todo testamento incómodo, no deja herencias en efectivo ni recuerdos entrañables, sino deudas morales, promesas incumplidas y responsabilidades que nadie quiere firmar como recibidas. Entre risas, caricaturas y sarcasmo, su mensaje es brutalmente serio: el país no necesita nuevos discursos, necesita coherencia.

En su última voluntad, el 2025 no repartió culpas al azar. Dejó paciencia a un pueblo cansado, pero exigió gestión a quienes confundieron gobernar con publicar, anunciar y mentir. Heredó hospitales sin medicinas para recordar que la salud no es una cifra en un informe, sino una urgencia diaria. Dejó la inseguridad como prueba de que la improvisación mata, y que la justicia lenta también. Dejó autoridades prorrogadas, Consejo Nacional Electoral, Fiscalía General del Estado, Defensoría del Pueblo,  como evidencia de un sistema que posterga decisiones y normaliza la provisionalidad. Sumó unidades educativas que se caen a pedazos, sin pupitres, sin pizarrones, sin materiales didácticos, como símbolo de un futuro abandonado.

En lugar de decretar más estados de excepción, el testamento exige algo más simple y más difícil: presupuesto real para salud, seguridad y educación. Exige equipos técnicos y profesionales, no círculos de aduladores. Exige planificación en lugar de reacción, prevención en vez de excusas.

El sarcasmo de estos testamentos es fino, pero duele. Ministros que explican sin explicar. Autoridades que prometen sin cumplir. Expertos que multiplican diagnósticos y reducen soluciones. Todos reciben algo: a unos les deja silencio; a otros, micrófonos con pauta; a muchos, la oportunidad —todavía vigente— de rectificar.

Porque si algo revela este testamento es que el poder no falla por falta de ideas, sino por exceso de ego y confrontación. Se gobierna mirando encuestas y no personas; se legisla para titulares y no para derechos; se responde con propaganda cuando la gente exige respuestas. Y así, el país avanza, sí, pero en círculos.

El Año Viejo se fue, como siempre, entre fuego y cenizas. Pero dejó una cláusula que no admite excusas: cambiar no es un eslogan, es una decisión. Gobernar no es resistir la crítica, es aprender de ella. Y liderar no es imponer, es servir con responsabilidad y humanidad.

Ojalá este testamento no termine archivado, como tantos planes y comisiones. Ojalá los herederos —políticos y gobernantes— entiendan que el pueblo ya no quiere legados simbólicos, sino resultados reales. Porque si el próximo Año Viejo escribe lo mismo, ya no será sátira: será la confirmación de la tragedia.  (O)

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