El problema no es el niño

Columnistas, Opinión

En consulta es frecuente recibir niños y adolescentes con ansiedad, depresión, problemas de conducta y/o baja autoestima. A simple vista podría parecer que ellos son quienes necesitan terapia. Sin embargo, al conocer su historia, muchas veces se descubre que el verdadero problema no está únicamente en el menor, sino en las cargas emocionales que ha tenido que asumir dentro de su familia.

Algunos niños crecen escuchando críticas constantes, comparaciones o exigencias excesivas. Otros viven en hogares marcados por conflictos permanentes, donde sienten que deben mantener unida a la familia o evitar discusiones. También hay quienes terminan ocupando el lugar del adulto: consuelan a sus padres, intervienen en los problemas de pareja, o incluso se ven involucrados en situaciones para las que no están preparados y no les corresponden.

La psicología conoce este fenómeno como parentificación, un concepto desarrollado por el psiquiatra Ivan Boszormenyi-Nagy y ampliamente investigado por el psicólogo Gregory Jurkovic. Ocurre cuando un niño asume responsabilidades emocionales o familiares que exceden su etapa de desarrollo. La evidencia científica ha demostrado que la inversión de roles aumenta el riesgo de ansiedad, depresión, sentimientos de culpa, dificultades para establecer límites y problemas en las relaciones durante la vida adulta.

Los hijos no aprenden solo lo que les enseñan, sino también de como los adultos gestionan sus propias emociones. Cuando un padre vive con altos niveles de estrés, no resuelve sus conflictos o deposita en su hijo responsabilidades que no le corresponden, el bienestar emocional del niño puede quedar afectado.

Esto no significa que los padres sean culpables de todos los problemas de sus hijos. La salud mental depende de múltiples factores. Es importante reflexionar que lo que el niño expresa a través de sus síntomas es el malestar que existe en el sistema familiar.

Por eso, la intervención más importante no es con el hijo, sino con los adultos. Un padre que aprende a regular sus emociones, que mejora su comunicación, que resuelve sus propios conflictos y busca apoyo psicológico cuando lo necesita, está creando un ambiente más seguro para el desarrollo de los niños.

Ir a terapia como padre no es un fracaso, es ser valiente y entender que a veces se necesita ayuda para cuidar de mejor manera a un hijo y a uno mismo, porque cuando un niño deja de cargar problemas que nunca debieron ser suyos, tiene más espacio para hacer lo que realmente le corresponde: disfrutar de su vida.

Tamayodomenica5@gmail.com

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