El mundo al revés (4)

He escrito ya tres columnas (esta es la cuarta) en las que describo a detalle las incongruencias, incoherencias y sinsentidos que vive el mundo hoy por hoy. Una más descabellada y vomitiva que otra, pero todas absolutamente ciertas y palpables; como, por ejemplo, el pedido formal de la izquierda española (aquí en Ecuador estuvo a punto de hacer lo mismo la Revolución Ciudadana de Rafael Correa) para legalizar la pedofilia. Si le interesa profundizar, le invito a leer los tres artículos previos publicados en este medio titulados “El mundo al revés” (1, 2 y 3) con fechas 17/11/25 – 24/11/25 y 8/12/25 respectivamente.
En fin, estamos infestados de este tipo de groseras aberraciones en las que el absurdo demencial de lo irracional parece haberse apoderado, cual demoniaca posesión, de muchas personas influyentes en el mundo.
Como el papa León XIV, cabeza principal de la iglesia católica, que no escapa de esta muy deshonrosa conducta; es más, salvando alguna excepción, desde siempre, quienes ocuparon el solio papal priorizaron el espíritu de cuerpo antes que el de Cristo al solapar y encubrir en incontables ocasiones a curas pedófilos.
Pero esa, aunque también es otra intolerable (por decir lo menos) incongruencia, no es la que hoy he venido a sacar a luz, sino la hipócrita actuación del sumo pontífice quien se ha tomado la molestia de criticar duramente la intervención de los EEUU en Irán, llegando incluso a desafiarlo señalando que “no tiene ningún miedo al gobierno de Trump” y que “seguirá alzando la voz con fuerza”.
Digo hipócrita, porque la forma, términos, alcance y firmeza que empleó el papa contra Trump no llegaron ni a los tobillos cuando en cambio se refirió “de refilón y muy tibiamente” al genocidio sistemático de católicos y cristianos en Nigeria, Uganda, Somalia y otros; tampoco cuando el gobierno iraní asesinó a decenas de miles de civiles en las calles por protestar; mucho menos cuando los terroristas de Hamas asesinaron con crueldad inenarrable a miles de inocentes israelitas.
Es hipócrita porque un “hombre de Dios” no debería sesgar ideológicamente su postura; no debería medir con diferente vara uno y otro enfrentamiento; no debería arremeter duramente a unos y señalar con timorata complicidad a otros; no debería tener preferidos. Eso no habla bien de cualquier persona, mucho menos de quien se supone debería ser ejemplo de justicia, objetividad y amor.
La contemporaneidad da fe de que tanto el anterior papa Francisco, como el actual, León XIV, lo único que han logrado con esta serie de inequívocas identificaciones políticas de izquierda radical es confirmar la deslealtad de la iglesia a los principios universales de honestidad moral.
Una vez más, el mundo está al revés.
