El carrusel presidencial peruano

Columnistas, Opinión

Desde nuestro país, uno mira hacia el sur y siente un poco de vértigo. Perú, ese vecino con el que compartimos cordillera y frontera, parece vivir en un eterno baile de presidentes que entran y salen del Palacio de Gobierno como un constante carrusel sin freno. En apenas diez años, el país ha tenido ocho mandatarios. Ninguno terminó su período completo. Es un récord que asusta y, al mismo tiempo, invita a preguntarse qué pasa con esa democracia que, sobre el papel, debería ser tan sólida.

Todo empezó a acelerarse en 2016 con Pedro Pablo Kuczynski. Economista de traje impecable, llegó prometiendo modernidad y estabilidad. Duró poco más de un año y medio antes de que los escándalos y el Congreso lo obligaran a renunciar. Lo reemplazó Martín Vizcarra, quien intentó una cruzada anticorrupción que terminó en su propia vacancia en 2020. Luego vino el efímero Manuel Merino, que apenas duró unos días entre protestas callejeras. Francisco Sagasti, un técnico discreto, actuó de bombero transitorio. Pedro Castillo, el profesor rural, ganó en las urnas con un discurso antisistema y fue destituido en 2022 tras un intento de cierre del Congreso que olía a golpe y recordaba a Fujimori. Dina Boluarte heredó el sillón en medio del caos y, tras años de tensiones, también cedió el paso. El último relevo, José Jerí, duró apenas cuatro meses antes de que el Congreso lo censurara en febrero de este año. Aún están pendientes las elecciones de este año, cuyo debate presidencial se llevó a cabo al día de ayer.

A esto se suma la cantidad de ex presidentes en prisión: Ollanta Humala, Kuczynski, Pedro Castillo y Alejandro Toledo. El fallecido Alberto Fujimori también estuvo en prisión y, por otro lado, Alan García se suicidó para evitar ir a prisión por el caso Odebrecht.

Lo curioso es que Perú no está en guerra, ni en hiperinflación, ni en colapso económico. Al contrario: su PBI sigue creciendo, sus puertos se llenan de exportaciones y Lima brilla con nuevos rascacielos. Pero la política es otro cuento. Un Congreso fragmentado, sin partidos fuertes, convertido en un mercado de favores. La vacancia presidencial se volvió arma cotidiana. La corrupción salpica a casi todos los bandos. Y la calle, siempre dispuesta a salir con cacerolas o piedras, termina decidiendo lo que las urnas no pudieron.

Como ecuatoriano, reconozco el parecido familiar. También nosotros hemos tenido nuestros terremotos presidenciales, especialmente entre la década de los 90s e inicios del 2000. Pero en Perú la inestabilidad se siente más profunda, más estructural. Es como si el sistema hubiera aprendido a sobrevivir cambiando la cara del poder mientras los mismos intereses -económicos, mediáticos y regionales- siguen mandando en la sombra.

Al final, uno se pregunta cuánto más puede aguantar un país con presidentes de alquiler. Los peruanos merecen algo mejor que este vaivén permanente. Merecen instituciones que duren más que los escándalos y líderes que gobiernen para la gente, no contra el Congreso. Mientras tanto, desde aquí, seguimos mirando el carrusel con preocupación de vecino, porque cuando Perú se tambalea, toda la región siente el mareo. (O)

alvaro.sanchez2000@hotmail.com

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