El analfabetismo ecológico

Columnistas, Opinión

En el corazón de los páramos de Angamarca se grita un miedo profundo: la sospecha de que autoridades de la provincia de Tungurahua, en conjunto con autoridades de Cotopaxi, pretenden convertir décadas de conservación ambiental en cemento disfrazado de desarrollo.

Antes de iniciar mi artículo de esta semana, quiero reconocer mi profundo amor por el planeta Tierra, poderosa Pachamama sensible y majestuosa. Dentro de ese amor, valoro al Ecuador, que continúa siendo el primer país megadiverso del mundo en reconocer constitucionalmente los derechos de la Naturaleza, desde una visión altamente biocentrista. Pero ¿qué significa que la Naturaleza en Ecuador sea sujeto de derechos? Significa que, al igual que los derechos humanos que defendemos colectivamente, cada uno de los seres vivos en este territorio puede y debe ser defendido frente a cualquier tipo de vulneración.

En este contexto, la señora Lourdes Tibán, prefecta de Cotopaxi, tuvo la idea —casi sin planificación estratégica— de impulsar la construcción de una mega carretera que partiría desde Ambato, atravesaría El Corazón y llegaría hasta Manta. Un proyecto de enormes dimensiones en el que decide involucrarse Manuel Caizabanda, prefecto de Tungurahua. Entre ambas autoridades se resuelve invertir fondos públicos en esta megaobra.

Pero ¿qué implican los daños ambientales que estos espacios altamente sensibles podrían sufrir si el proyecto se aprueba? Con profunda preocupación y dolor hemos sido testigos de la destrucción de múltiples áreas destinadas a la conservación ambiental y a la comprensión real del desarrollo sostenible: aquel que satisface las necesidades del presente sin comprometer las de las generaciones futuras, es decir pensar en qué puede pasar mañana si lo agotamos todo ahora.

Como ciudadanía consciente, también hemos sido artífices de frenar muchas obras improvisadas y evitar daños ambientales irreversibles, defendiendo los derechos otorgados a la Naturaleza en favor del bien común. Sin embargo, en pleno siglo XXI, observamos cómo dos prefecturas de la Sierra centro pretenden impulsar una carretera que atravesaría la Sierra, la Costa y parte de la Amazonía, mientras el debate sobre los impactos ambientales brilla por su ausencia.

Los páramos de Angamarca son áreas protegidas comunitarias, territorios sagrados donde se cultiva agua en cantidad y calidad suficiente para abastecer de agua a varias ciudades, incluida Ambato. Hoy, tras el inicio de este proyecto impulsado por los gobiernos provinciales de Cotopaxi y Tungurahua, estos páramos ya están siendo destruidos de manera acelerada.

Como bien señala mi amigo, el biólogo caminante de montes Adrián Soria:

“Fragmentar un páramo no es un detalle menor: es romper una esponja viva que regula el agua, amortigua sequías, captura carbono y sostiene biodiversidad especializada e indispensable para nuestra propia existencia. La ciencia lo ha demostrado una y otra vez: las carreteras en ecosistemas altoandinos incrementan la erosión, alteran los drenajes, facilitan invasiones biológicas y degradan servicios ecosistémicos clave para la seguridad hídrica regional”.

La herida se vuelve aún más grave cuando la traza de la vía atraviesa el último refugio conocido del jambato (Atelopus ignescens), especie emblemática de los Andes ecuatorianos que fue dada por extinta hasta finales de los años noventa. Su redescubrimiento no fue un milagro, fue la prueba de que los páramos aún resisten. Pero esa resistencia se asfixia cuando el material de la obra se arroja directamente a los ríos, cargándolos de sedimentos y contaminantes hacia un sistema donde los anfibios —hipersensibles a la calidad del agua— no tienen margen de error. La literatura científica es clara: el aumento de sedimentos y la alteración química del agua incrementan la mortalidad de renacuajos y colapsan poblaciones de anfibios de alta montaña.

Las autoridades locales miran hacia otro lado. ¿Y qué se les puede decir cuando apenas escuchan a su propio pueblo?

¿Qué exigimos? Autoridades conscientes de los daños que provocan su inoperancia política y su falta de visión estratégica hacia el futuro. Que entiendan, de una vez por todas, que el progreso que destruye las fuentes de vida no es progreso, es ignorancia institucionalizada.
Porque sin carreteras tal vez podamos reorganizarnos, adaptarnos y resistir. Pero sin agua, no hay desarrollo, no hay ciudades, no hay economía y, sobre todo, no hay futuro. (O)

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