Democracia fragmentada

Columnistas, Opinión

Faltan menos de 11 meses para las elecciones seccionales del 14 de febrero de 2027 y el Consejo Nacional Electoral (CNE) tiene plazo hasta el 29 de junio del presente año para determinar qué agrupaciones políticas estarán en la papeleta. Mientras ese proceso avanza, un dato despierta inquietud: 231 organizaciones políticas están aprobadas en el Ecuador. Sí, 231.

La cifra, por sí misma, explica muchas cosas: el número excesivo de candidatos en cada elección, la dispersión del voto y la imposibilidad de formular propuestas consistentes y coherentes. La nómina está conformada por partidos políticos y movimientos de carácter nacional, provincial, cantonal e incluso parroquial. La política, lejos de consolidarse, se ha fragmentado hasta niveles preocupantes.

Sorprende constatar que, en cada proceso electoral, el número sigue creciendo. En 2024, el CNE autorizó a 78 agrupaciones para las elecciones de 2025: 61 provinciales y 17 de carácter nacional. En otras palabras, el sistema continúa en expansión en lugar de depurarse. Para 2027, lo que ya era excesivo rebasa todo límite.

Pero el problema no es únicamente cuantitativo; también es cualitativo. Para postularse como candidato basta con ser ecuatoriano, tener más de 18 años y estar en goce de los derechos políticos. No se exige formación, experiencia ni conocimiento del cargo. La probidad, la preparación o la coherencia ideológica quedan relegadas. Así, la política se convierte en un espacio propicio para la improvisación y, cuando esta se normaliza, la calidad de la representación disminuye.

Este debería ser un tema central en el debate público. Sin embargo, se lo evita. Tal vez porque la fragmentación beneficia a quienes saben moverse en ese terreno. Mientras más partidos y movimientos existan, más se dispersa el voto y más fácil resulta alcanzar el poder con minorías. El resultado es un sistema político debilitado, sin claridad programática y con escasa capacidad de generar acuerdos nacionales.

No se trata de limitar la participación democrática, sino de fortalecerla. Una democracia sólida no se mide por la cantidad de organizaciones políticas, sino por la calidad de sus propuestas y de sus líderes.

El país enfrenta un exceso absurdo de opciones y una alarmante falta de certezas. En medio de ese ruido, el ciudadano vota, pero lo hace más por descarte que por convicción. La fragmentación no puede ser la base de la democracia. Ordenar el sistema es una necesidad urgente. (O)

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