Del interés particular al interés público 

Columnistas, Opinión

Esta mañana disfruté de un lindo desayuno con mis hijos y nietos. Después, compartimos un buen rato en el parque del pueblo. Son esos momentos sencillos, rodeados de familia, los que terminan convirtiéndose en recuerdos especiales de la vida.

Más tarde, las cuitas volvieron a tomar posesión de sus inagotables planes y la vida apacible retomó su rumbo impredecible. Y es que, en momentos como el que atraviesa Ecuador, resulta inevitable preguntarse: ¿por qué pueden ser tan peligrosas, al momento de elegir autoridades, tanto la polarización como la excesiva dispersión del voto?

A primera vista parecen problemas opuestos. La polarización concentra a la sociedad en dos bandos enfrentados; la dispersión multiplica los grupos, partidos e intereses. Sin embargo, ambas pueden producir un resultado parecido: dificultar la capacidad del Estado para tomar decisiones y gobernar.

La polarización convierte la política en una batalla entre “nosotros” y “ellos”. El adversario deja de ser alguien con quien se puede dialogar y pasa a ser alguien que debe ser derrotado, bloqueado o deslegitimado. En una sociedad marcada por la inseguridad, el desempleo, la corrupción, las necesidades acumuladas y una justicia que no siempre genera confianza, esa lógica puede profundizar la parálisis institucional.

La dispersión plantea un problema diferente. Cuando demasiados actores obtienen pequeñas cuotas de poder, nadie tiene suficiente fuerza para gobernar, pero muchos tienen suficiente capacidad para bloquear.

La política puede transformarse entonces en una negociación permanente: “yo te apoyo en esto si tú me das aquello”. Y cuando esa práctica se vuelve habitual, las instituciones corren el riesgo de convertirse en mercados de favores.

Lo preocupante es que ambos fenómenos pueden coexistir: fragmentación para gobernar y confrontación para decidir. Probablemente sea una de las combinaciones más difíciles para cualquier democracia.

El problema se agrava cuando una sociedad fragmentada encuentra un Estado débil. En esas condiciones, la política puede dejar de organizarse alrededor de un proyecto colectivo y comenzar a estructurarse alrededor de necesidades inmediatas:

interés particular → necesidad → favor político → dependencia → voto.

Exigir resultados al Estado es parte esencial de la ciudadanía. Reclamar seguridad, empleo, justicia, salud, educación y servicios públicos no convierte a una sociedad en irresponsable. La dificultad aparece cuando las demandas particulares dejan de relacionarse con una responsabilidad colectiva; cuando se reclaman beneficios sin aceptar los costos necesarios para financiarlos; o cuando grupos de presión, élites, organizaciones e incluso ciudadanos utilizan al Estado principalmente para obtener ventajas particulares.

Por eso, quizá nuestro problema no sea que tengamos demasiados intereses, sino la dificultad para transformar los intereses particulares en un interés público compartido.

No basta con elegir personas honestas o populares. Gobernar requiere legitimidad, capacidad institucional, controles efectivos y, sobre todo, incentivos para negociar sin convertir la negociación en reparto del Estado.

La democracia necesita pluralismo, pero el pluralismo no puede convertirse en reparto corporativo del poder. Necesita equilibrio y límites: una mayoría suficiente para gobernar, minorías suficientemente protegidas para controlar e instituciones suficientemente fuertes para impedir la captura del Estado.

Por eso, la discusión no debería reducirse a si necesitamos más partidos o menos partidos, más concentración o más fragmentación. Lo verdaderamente importante es construir un sistema capaz de convertir la diversidad de intereses de una sociedad fragmentada en decisiones colectivas legítimas, gobernables y sujetas a control.

Porque una democracia no fracasa únicamente cuando concentra demasiado poder.

También fracasa cuando nadie tiene suficiente poder para gobernar, pero demasiados tienen suficiente poder para impedir que otro gobierne.

Y quizá esa sea una de las paradojas más peligrosas de nuestra democracia: tener libertad suficiente para elegir, pero no la arquitectura institucional necesaria para que quien resulte elegido pueda gobernar. (O)

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