¿De qué sirve quemarse las pestañas?

Columnistas, Opinión

Durante años nos han vendido la misma historia: estudia, esfuérzate, sacrifícate, que el título te abrirá puertas. Y nosotros, los hijos de familias trabajadoras, nos hemos partido el “lomo” en aulas, hemos vendido tiempo, sueños y hasta la salud, todo para obtener un título universitario en cuatro, cinco o seis años.

Pero resulta que la primera dama de la República, Lavinia Valbonesi, obtuvo su licenciatura en ocho meses. Mientras un estudiante regular cursa ocho semestres (cuatro años) ella completó la misma carrera en el tiempo que otros tardan en matricularse.

Y aquí viene lo grave. Cuando la sociedad exigió respuestas, cuando los jóvenes pidieron ver el expediente de convalidación de experiencia profesional, la Universidad no transparentó nada. Al contrario. Amenazó con enjuiciar a todo aquel que “difame” a la institución de educación. En lugar de abrir sus archivos, cerró la boca del país a base de intimidación. Esa no es la conducta de una universidad que tiene la conciencia tranquila.

¿Y los organismos de control? El CES, creado para regular la educación superior, guarda silencio. El CACES, encargado de velar por la calidad académica, no se pronuncia. La Senescyt, que otorga los registros de títulos, mira hacia otro lado. Y la Asamblea Nacional, ese supuesto órgano de fiscalización, se queda en un comunicado tibio de una sola asambleísta, sin citaciones, sin comisión de investigación, sin voluntad real de llegar al fondo del asunto.

El mensaje es claro: el sistema tiene dos carriles. Uno para quienes tienen apellido, poder o conexiones, donde los créditos se convalidan, los tiempos se acortan y los títulos se entregan como obsequios. Otro para la mayoría, donde cada semestre cuesta sudor y lágrimas.

No es ataque personal. Es denuncia de un sistema que permite que el poder político presione, que las universidades se plieguen, que los entes de control callen, y que la meritocracia sea una farsa.

¿De qué sirve quemarse las pestañas años si al final el título de la primera dama vale más que el nuestro? ¿De qué sirve el esfuerzo cuando la verdad se entierra bajo amenazas judiciales?

La educación en Ecuador no es un derecho: es un privilegio disfrazado de esfuerzo. Y el mayor privilegio es no tener que rendir cuentas.

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