Candidatos a la carta

Columnistas, Opinión

La semana pasada en un medio de comunicación y en las redes sociales se publicaron fotos de los posibles personajes, que podrían ocupar la Alcaldía, de nuestra ciudad de Ambato, así como para otras dignidades públicas, no es menos cierto que son los mismos rostros de siempre que incluso los internautas se han permitido manifestar que licuando a todos los que se les presentó en esa foto no sale uno que sepa de lo que es la administración de la ciudad, por eso estamos  bien estancados en el contexto nacional ya hace muchos años perdimos la categoría de ser la cuarta ciudad del Ecuador y ciudad jardín.

Ahora bien, vamos a definir qué es un político?, siguiendo la línea de reflexión denominada “realista”, cuyo intelectual más famoso ha sido Nicolás Maquiavelo, un político es alguien que debe conservar el poder del Estado. No importa cómo, el fin justificará los medios como dijo Napoleón, en un apunte sobre su obra. El político podrá ser bondadoso o cruel. Podrá ser inmoral si eso sirve a sus intereses. Podrá mentir, de eso no tenemos duda. Es más, si preguntáramos a cualquier político, si cree que su adversario dice la verdad, es probable -aunque esto no pase de ser una mera hipótesis- que la mayoría respondiera negativamente. Tal respuesta revelaría que conocen el “arte” de la política. Y si alguno afirmara confiar en la veracidad de su oponente, también se podría sospechar de su afirmación porque o bien ignora la lógica misma de la práctica política, y por tanto miente, o bien participa de ella con el disimulo y cinismo que pretende negar. Claro que este enfoque todavía se sostiene sobre la base de que un político tiene un bien mayor o leitmotiv (un motivo conductor) que justifica su acción, o como dijo el propio Maquiavelo, “un príncipe nunca carece de razones legítimas para romper sus promesas”. Pero seamos honestos, una cosa es ejercer el poder sin disimulo para conservar el control del Estado y preservar su vigencia, y otra muy distinta es la búsqueda del poder con el único fin del beneficio personal, aun cuando ello implique la erosión de las instituciones que le dan sentido.

No habrá intelectuales que puedan defender teóricamente este síntoma de decadencia, y el poder podrán disimular muchas cosas, pero difícilmente lograrán ocultar por mucho tiempo la mediocridad o la estupidez. Con la que han ejercido el poder local y los que se quieren reelegirse mostrando obras de medio pelo, otros con ineptitud para ejercer el cargo, otros picados porque no fueron elegidos en las últimas elecciones queriendo vivir del estado local, y otros lo único que hacen es montón porque ya se quemaron y siguen tratando ver que pescan. (I) 

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