Alta tensión

La relación entre Colombia y Ecuador atraviesa un periodo de alta tensión que preocupa no solo por sus consecuencias económicas, sino también por la forma en que el conflicto es utilizado con fines políticos. Lo que debió resolverse mediante la diplomacia se convirtió en una sucesión de decisiones dirigidas a buscar el aplauso interno antes que el bienestar de la población.
El mandatario Daniel Noboa sorprendió al establecer un arancel del 30 % sobre productos colombianos, con el argumento de la insuficiente colaboración del gobierno vecino en la lucha contra la delincuencia organizada. El mensaje fue claro: trasladar a la esfera comercial un problema que, en esencia, pertenece al control territorial, la institucionalidad y la cooperación binacional. Convertir la inseguridad en un arancel puede parecer firme, pero no necesariamente es eficaz.
La reacción fue inmediata. Colombia anunció la suspensión de la venta de energía eléctrica a Ecuador. Esta medida no es de carácter técnico, sino un gesto de presión que utiliza un servicio estratégico como herramienta de presión. En una región en permanente peligro de apagones, jugar con la electricidad no es un detalle menor: es una señal inequívoca de confrontación.
El presidente Gustavo Petro, al solicitar públicamente la liberación de Jorge Glas, a quien considera un prisionero político, marcó el punto de inflexión. Esa afirmación sobrepasó un límite. No solo ignoró resoluciones judiciales ecuatorianas, sino que incorporó un componente ideológico en una relación ya deteriorada. La reacción ecuatoriana era previsible: endurecer posiciones y elevar el tono.
Desde entonces, las amenazas y las decisiones adoptadas se multiplican: restricciones al uso del OCP, advertencias diplomáticas, suspensión energética y aranceles. Todo esto se agrava por una realidad incómoda: Ecuador mantiene una balanza comercial claramente negativa frente a Colombia. En una confrontación comercial, quien importa más y exporta menos, siempre terminará perdiendo.
Conviene decirlo con claridad: no son los pueblos los que están enfrentados. Ecuador y Colombia comparten historia, comercio, migración y fronteras vivas. La disputa es entre gobiernos que utilizan la tensión como herramienta política. Y Cuando los intereses particulares reemplazan a la diplomacia, la tensión se convierte en daño real, cuyo precio lo pagan los ciudadanos, no los gobiernos. (O)
