Ahí son/ Mario Fernando Barona

Columnistas, Opinión



Cierto día, mientras estuve disfrutando de unos sabrosos bolones con café, de los tantos que hay a lo largo de la calle Bolívar, vi que un tipo estacionó su carro al frente del local, en plena Bolívar, lo apagó y entró muy orondo, tranquilo y con toda la prosa, junto con una dama. Sólo eso ya me incomodó, porque allí es prohibido estacionarse, y porque por elemental sentido de respeto ciudadano, no tiene derecho -ni él ni nadie- a anular con su vehículo una vía tan angosta y transitada, cuando lo que debía hacer es parquearlo en un lugar autorizado. En fin, al ver que ni siquiera puso luces de parqueo, me imaginé que no demoraría, que pediría para llevar, pero no, se sentó, ordenó y comió de lo lindo.

Una práctica que desde hace mucho se ha vuelto norma en las instituciones financieras mientras se espera en la cola es “guardar el puestito”. Uno espera respetuosa y disciplinadamente largos minutos muchas veces con impaciencia a que finalmente llegue su turno para acercarse a la ventanilla, cuando de repente, un par de puestos más adelante se mete alguien que ha dejado “cuidando el puestito”.

Son apenas un par de casos de una larga lista de “vivezas” que cometemos los ecuatorianos a diario, gritándole así al mundo lo tercermundistas y subdesarrollados que somos.

Los dos casos expuestos tienen algunos puntos coincidentes. Para comenzar, no hay quién controle estos abusos e irrespetos, ni un agente de tránsito (y aunque a veces aún teniéndolo al lado) ni el guardia bancario que ponga orden. Segundo, si alguien osa reclamar, seguramente saldrá mal parado por el nivel de cultura de los infractores. Tercero, y como lógica consecuencia de lo anterior, estos y muchos otros atropellos y arbitrariedades se vuelven práctica normal, y lo que es peor, nos hemos acostumbrado y aceptado convivir con ellos.

Exactamente lo mismo ocurre en la política ecuatoriana: pícaros que han hecho de la ilegalidad e inmoralidad algo tan normal que ya casi no sorprende enterarnos de sus fechorías. No hay quién los vigile ni controle, y cuando se les reclama, salen más alevosos amenazando con demandar a quien los denuncia.

En todos los casos, es la típica “viveza criolla” que se expande como hongo mientras exista quien la fomente y la aplauda. Por eso, lo que sí le garantizo casi con total seguridad, es que aquellos abusivos de los casos citados, como por osmosis, también compartirán afinidad política con esos políticos corruptos. Dios los cría y ellos se juntan. Ahí son. (O)

mariofernandobarona@gmail.com

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