¿Doctorados Honoris Causa o Regalitos para el Poder?

Mientras miles de ecuatorianos se queman las pestañas estudiando de noche, gastando dinero que no tienen y pasando años enteros metidos en las aulas para sacar un título, a los políticos de nuestro país les resulta facilito volverse «doctores». No necesitan pisar una universidad, ni hacer tesis, ni quemarse las neuronas. Les basta con tener un puesto importante, caerle bien al Gobierno del momento o pagar unos cuantos miles de dólares a fundaciones e instituciones extranjeras de dudosa reputación para que les entreguen un diploma lleno de sellos brillantes. Así, de la noche a la mañana, cualquier hijo del poder ya es todo un «Doctor Honoris Causa».
Originalmente, este reconocimiento se creó como algo muy especial. Era una forma de dar las gracias, de manera excepcional, a personas que de verdad habían hecho algo grande por el mundo: científicos que descubren la cura de una enfermedad, activistas que defienden los derechos humanos arriesgando su vida, grandes artistas, maestros o deportistas que dejan el nombre del país por lo alto. Pero en el Ecuador actual, la entrega de estos títulos parece una feria o una promoción de comida rápida. Ahora se los regalan a presidentes, asambleístas, alcaldes y prefectos. Y nos preguntamos con total indignación: ¿mérito de qué? ¿Al mérito de salir en la televisión, prometer cosas que no cumplen o bailar en TikTok para ganar votos? Eso no es mérito académico, eso se llama clientelismo puro y duro, buscando congraciarse con los que mandan.
Lo más triste es que, según las leyes de nuestro Consejo de Educación Superior (CES), estos cartones extranjeros comprados al apuro no valen nada en el Ecuador. No se pueden registrar en la SENESCYT y no tienen ninguna validez legal. Son meros papeles mojados. Sin embargo, a esta gente le encanta el título para inflar su ego gigantesco. Les fascina llegar a las oficinas públicas y exigir a los subordinados que les digan «doctor», aunque en su vida hayan leído un libro completo de corrido. Es una falta de respeto para el estudiante honesto y para los verdaderos profesionales que sudaron la camiseta por su carrera. La sabiduría y el respeto de la gente no se compran con dinero ni se consiguen firmando decretos; se ganan trabajando de verdad por el pueblo.
