Consideración compasiva

El pasado miércoles habíamos estudiado el sexto habito japonés de resistir con paciencia, dignidad, resiliencia, perseverancia, aguante, tolerancia o estoicismo lo aparentemente insoportable de las adversidades, sin desmoronarnos. Llegar a la aceptación de que hay cosas fuera de nuestro control y que no depende de nosotros ni se pueden evitar. Mantenernos firmes y perseverantes cuando la vida se nos vuelva difícil.
El séptimo hábito es Omoiyari (思いやり), la consideración compasiva. Es la capacidad de ponernos en los zapatos de otra persona, de anticipar sus necesidades antes de que nos pida, de actuar con amabilidad, no porque tengamos que hacerlo, sino porque estamos pensando en cómo nuestras acciones afectan a los demás.
En Japón esto está en todas partes. Las personas hablan en voz baja en los trenes para no molestar a otros. Utilizan el pito del carro en casos muy extremos. Limpian los espacios públicos que han ocupado dejándolos mejor de como los encontraron. Hacen reverencias cuando saludan, no por servilismo, sino por respeto genuino. Es una sociedad construida sobre la idea de que todos estamos conectados, de que nuestras acciones crean ondas que se extienden hacia afuera, de que cuando hacemos la vida más fácil para los demás, la vida se vuelve más fácil para todos, incluido nosotros mismos. Y esto no es solo cortesía, es práctico, es estrategia de vida. Porque cuando todos practican omoiyari, la confianza aumenta, el estrés disminuye, la sociedad funciona más suavemente, hay menos fricción, menos conflicto, menos energía desperdiciada en malentendidos y resentimientos. Pero más que eso, omoiyari nos hace más felices porque cuando cambiamos nuestro enfoque de nosotros mismos hacia los demás, algo mágico sucede. Nuestros propios problemas se minimizan, nuestra perspectiva se amplía, nos sentimos más conectados al mundo que nos rodea. La soledad disminuye, el significado aumenta.
La próxima vez que estemos a punto de hacer algo, hagamos una pausa y preguntémonos: ¿Cómo afectará esto a las personas a mi alrededor? Si estamos reproduciendo música preguntémonos: ¿Es demasiado alta? Si estamos hablando por teléfono: ¿Estamos molestando a alguien con nuestra voz alta al hablar? ¿Estamos bloqueando el paso de alguien? Si está a un metro de nosotros el tacho de basura ¿Por qué votamos en el piso de las calles y veredas? ¿Por qué no tenemos una bolsa para la basura en el vehículo y la arrojamos por las ventanas? ¿Por qué dejamos un asco los sanitarios públicos si no quisiéramos que nadie deje así cuando nosotros lo necesitamos? ¿Cuál será el botón de activación cerebral para que nos pongamos en los zapatos de los demás? Si estamos teniendo una conversación, ¿estamos realmente escuchando o solo estamos esperando nuestro turno para hablar?
Estos pequeños actos de consideración no nos cuestan nada, pero crean un efecto dominó que podría cambiarlo absolutamente todo y, lenta y silenciosamente, el mundo a nuestro alrededor se volvería un poco más amable, un poco más consciente, un poco más humano. (O)
