Del Espejismo del HACER a la Dignidad del SER

Columnistas, Opinión

La realidad política que hoy golpea al Ecuador se ha convertido en un espejo incómodo. Asistimos a un escenario de promesas de campaña rotas que mutan rápidamente en frustración colectiva. La ciudadanía observa con desencanto cómo los discursos gubernamentales de prosperidad colisionan con el debilitamiento sistemático de los servicios básicos más elementales: la salud, la seguridad y la educación pública sufren un evidente deterioro, mientras la cooptación de las instituciones estatales erosiona la confianza en el sistema democrático. En medio de este panorama, los grupos étnicos e históricos, tradicionalmente discriminados, continúan esperando políticas públicas reales que vayan más allá de la retórica y la foto oficial, evidenciando una profunda falta de empatía estructural.

Este vacío de gestión ha profundizado una polarización asfixiante. El debate público ha quedado reducido a trincheras irreconciliables entre algunas tendencias politicas. Esta fragmentación dogmática no solo anula el pensamiento crítico, sino que produce un efecto colateral peligroso: la apatía política de una población decepcionada que, al sentirse traicionada por las promesas incumplidas, opta por el repliegue y el silencio. Sin embargo, para romper este ciclo destructivo, es imperativo elevar la mirada y analizar la crisis desde una dimensión ética fundamental: la coherencia entre el SER y el HACER.

La política contemporánea sufre de una hipertrofia del HACER cosmético. Se asume que hacer política es diseñar estrategias de marketing, saturar las redes sociales con narrativas vacías y ejecutar acciones efectistas a corto plazo para sostener la popularidad. Nos olvidamos de que el HACER carece de valor si no nace de la solidez del SER. Como seres humanos y como líderes, el SER define la identidad, los principios inamovibles y los valores éticos que sostienen la conducta. Un gobernante o un político auténtico debe, antes que nada, SER empático, SER transparente y SER íntegro. Cuando el SER está ausente, el HACER se convierte en un ejercicio de manipulación, en un conjunto de promesas líquidas que se evaporan al asumir el poder.

La gran responsabilidad de la clase política radica en reconciliarse con su esencia: el servicio al bien común. La política debe dejar de ser el vehículo para la captura del Estado y transformarse en la herramienta para garantizar la dignidad humana. Los líderes tienen la obligación moral de cumplir la palabra empeñada, de diseñar políticas públicas inclusivas y de fortalecer las instituciones en lugar de someterlas. No obstante, la reconstrucción del tejido social no es una tarea exclusiva de quienes gobiernan; aquí interviene la urgente corresponsabilidad ciudadana. Una población democráticamente madura no puede limitar su rol al día de las elecciones ni caer en la indolencia de la apatía.

Necesitamos transitar de la polarización estéril hacia un gran acuerdo nacional basado en la unidad. Solo cuando recuperemos la dignidad del SER —como ciudadanos conscientes y políticos íntegros— podremos articular un HACER que construya un país equitativo.

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