Eran tiempos de azotar soldados. 1882

“¿La administración de cierto dictador perpetuo que hizo de la República su hacienda, si es que puede llamarse administración el palacio del desorden, fue el reinado del azote! ¿Escribían contra él? ¡Azotes! ¿Conspiraban contra su desgobierno? ¡Látigo a los conspiradores! Ni el médico de su casa se escapó del vergajo! En altas horas de la noche, revuelto en su capa el rostro, entraba al cuartel de Artillería un hombre alto y grueso. Subía al piso alto; hacía abrir una puerta; penetraba seguido de cuatro cabos en un cuarto débilmente alumbrado. Lo demás es indescriptible…¡El silencio del sepulcro de la dignidad humana, quiero decir del cuartel de entonces, era roto (dice rompido en el texto) por ayes lastimeros y prolongados! ” ¿Saben cuál era la dosis? 500 azotes.
Ya estamos en la República. Los soldados ya lucharon por la Independencia. Pero resulta que los indios, los negros, los campesinos, la gente pobre; de a buenas y de a malas era reclutada para integrar la soldadesca de los batallones que han sostenido y sostienen a los ejércitos. La práctica colonial continúa en cuanto a método, elementos, pretextos y estructura de sus “instrumentos” de la tortura. Los fuetes, los látigos, el cuero, el acial, la rienda, la beta, que en el léxico familiar pasó a llamarse “García Moreno”, también puede llamarse “Ignacio de Veintimilla”, aunque ya sabemos que, como aplicaba mejor técnica, le conocemos como “Ignacio de la cuchilla”.
Los cueros de los vacunos, los de vaqueta, las riendas trenzadas, los látigos especialmente trabajados para menesteres de cuartel, eran los mismos hechos con nervios de toro, que, implorando a la Santísima Trinidad, se armaban con tres vetas desde épocas coloniales. De este modo, cada latigazo representaba la trilogía con que cristianizó la iglesia a los rebeldes.
“En esa época tenebrosa del cuero hubo un paréntesis honroso para el Ecuador. En una larga campaña y en una época de 2000 soldados, bajo el mando dictatorial del Jefe Supremo de la Costa, General Eloy Alfaro, ¡ni un solo latigazo! Cansada la clase de tropa de lo largo y penoso de la campaña, en Mapasingue empezaron a desertar algunos soldados. Cogido un desertor, se le ocurrió a un jefe en vez de azotes o de pena de muerte, amarrarlo a una cruz improvisada con este “inri”: “Por infame desertor”. El infeliz lloraba, pedía que le fusilasen, pero que le desataran de esa cruz. Bastó esta única lección: no hubo más desertores; y jamás se vio ejército más disciplinado y moral que el de Alfaro en la última de sus campañas contra Veintimilla”.
Vengo a comentarles que he dado con un libro indignante. El autor es un escritor y un político relegado de la difusión histórica. Se llama Aparicio Ortega (Quito, 1852- 1910). Me siento privilegiado por lecturas de libros raros que están sepultados por el común de nuestra historiografía. No me quedo con esto y comparto con mis lectores: he realizado dicha lectura en la Biblioteca de la ciudad de Ambato: Ortega, Aparicio, El Radicalismo se impone o Comentario sobre la circular # 12 del Ministerio de Guerra y Marina, Imprenta de “El Tiempo” Quito – Guayaquil, 1903.
Ortega: El escritor y político que tiene una vida novelable, que militó el en liberalismo y que como abogado había sido solicitado como defensor de Eloy Alfaro, cuando este cayó preso en las garras del tirano, en Guayaquil, Fue tentado por Veintimilla que le dijo: “Si Ud no me ayuda, su responsabilidad ante la patria es inmensa”. Pero Ortega escribe: “Empujarle yo al abismo? Jamás. Por otra parte, he venido yo como abogado, no como conspirador: voy a renunciar; adiós!”. En los entretelones de esta trama, les cuento que Juan B. Vela enterado del asunto le aconsejó: “Fugue, porque Veintimilla le da látigo”, me decía el Sr. Dr. Juan B. Vela, en Ambato. “Acaba de flagelar…al Dr. Fidel del Castillo, su amigo íntimo y médico, y no le ha de azotar a Ud que está firmando en sus barbas escritos furibundos contra su política? Fugue, oiga mi consejo”. Fugué; estuve oculto en Quito; salí a luz, y, sea dicha en obsequio de verdad, D. Ignacio no me “imprimó carácter”, no me dejó sagrado, ungiéndome con el óleo indeleble del de vaca o toro.” (O)
