La Mar, Sucre o Flores. 1830

Supongamos que el Padre de la Patria, el que estaba con insomnio por su Gran Colombia, no podía dormir pensando en sus más leales generales, a quienes debía gratitud por su entrega a la causa libertaria. Cada cual quería una república para pasar a gobernar. Supongamos que todos hubiesen sido gratos y dóciles y que no hubiese engendrado a calculadores y astutos, a codiciosos y a déspotas, hijos y nietos de antiguos déspotas.
Supongamos que en sus insomnios se imaginaba conciliar a centralistas y a federalistas que se apoyaban en teorías surgidas de lecturas y experiencias como las que estaban viendo pasar en los Estados Unidos. ¿Qué decirles a los que más allá de humillar a los déspotas y esbirros de podridas realezas y pujos nobiliarios, pensaban en el libre comercio y querían una autonomía rara, como los de Guayaquil y Cartagena? ¿Qué hacer con los intelectuales que buscaban establecer Los Derechos de Gente, unos republicanos y otros, neo monarquistas que tenían el espejo de la Revolución francesa? ¿Qué hacer con el clero monárquico y con el clero resentido que sumaban tantos jesuitas expulsados por el Rey de España que clamaban su venganza interesada? ¿Qué hacer con los caudillos, hijos sentimentales de las parcelas que fueron los respaldos localistas de los ejércitos libertadores? Estos y otros revoloteos de la memoria son para no poder dormir.
Y Bolívar tuvo que haber comprendido que su hembra guerrera, de la Independencia, no solo iba a necesitar de selectos próceres provincianos, pretendientes a la virginidad republicana, aunque sea con un empleíllo de tercera. Hispanoamérica acababa de parir sus héroes, los que exigían derechos de convertirse en padres de las repúblicas. Y todo padre no es nadie si no tiene pueblo que lo reconozca y lo venere. Ellos, según discutían, finalmente sabrían lo que querían hacer con los esclavos negros, con los indios, con tanto mestizo y con la plebe en general que no atinaban a entender a qué les habían llevado las guerras en las que habían luchado.
Y los comentarios de la gente, y las conversaciones de las familias que tenían sus haciendas, se referían a que podemos ser nueva república, con presidente propio, porque hasta las muchachitas que habían bailado con jovencitos empacados en uniformes y charreteras que olían a soldaditos venezolanos y colombianos, querían ser primerísimas damas. Así: la niña más rica de Otavalo, Mercedes Jijón casó con Flores el 21 de octubre de 1824, él de 24 años y ella de 13 años. Mariana Carcelén, la Marquesa de Solanda, casó con Sucre el 20 de abril de 1828, Sucre de 33 años y ella de 23 años, mediante un poder porque su esposo estaba de Presidente en Bolivia. Asesinado Sucre en 1830, casó con quien realmente quiso, el General Isidoro Barriga en 16 de junio de 1831, nacido en Bogotá, cuando él tenía 30 años.
Y el general La Mar nacido en Cuenca, pudo haber sido primer presidente de Ecuador si Bolívar lo hubiese aceptado; se casó en primeras nupcias de 45 años en 1822 con su prima Josefa Rocafuerte, hermana de Vicente Rocafuerte. Viudo y sin hijos volvió a casarse mediante un poder que no llegó a consumarse, con su sobrina Ángela Elizalde quien viajó a Costar Rica donde estaba exiliado. La muerte le llegó en 1830, un 11 de octubre, después de tener a su mando la república de los incas. Murió dos meses antes que Bolívar.
¿ Y acaso el lojano don José Félix Valdiviezo, perseguido por peligroso después de lo de Quito en 1809, y luego Rector de la Universidad de Santo Tomás (Central del Ecuador) desde 1821 hasta 1824, no tenía méritos para ser primer presidente del Ecuador? El estaba casado con su prima segunda Catalina Valdiviezo Sánchez, desde 1817. Casó de 33 años con quien ya tenía unos 31 años. ¿Se habría contentado con ser padrino de matrimonio de Juan José Flores?.
¿Y el poeta guayaquileño José Joaquín de Olmedo acaso no merecía la presidencia del Ecuador a pesar de sus ideas de Guayaquil Independiente? Estaba casado desde 1817 con la poetisa doña María Rosa Icaza, casó a sus 37 años con ella de 28. ¿Y qué resolver con el caso del quiteño Manuel María José Antonio Modesto Larrea Carrión el Marqués de San José y Visconde de la Casa Larrea, prócer de la Independencia, casado en 1825 con la guayaquileña María Dolores Caamaño y Arteta y dueño de las haciendas de Isamba y Cunchiamba entre otras? (O)
