Con la ilusión intacta en la Patria

Columnistas, Opinión

El mundo es impredecible y las personas, aún más. Cualquiera supondría que, tratándose de una disputa entre naciones, lo lógico sería que cada postura encontrara respaldo firme entre sus propios connacionales. Sin embargo, la realidad desmiente con frecuencia esa expectativa, cuando los intereses personales entran en juego: el sentido de pertenencia se diluye y el nacionalismo abandona su égida sentimental para adoptar una lógica marcadamente financiera.

En ese escenario, las lealtades dejan de ser una expresión de identidad para convertirse en decisiones estratégicas. Ya no se trata de quién eres o de dónde vienes, sino de qué te conviene. Así, el individuo oscila entre el apego a su origen y la atracción de beneficios concretos, revelando una contradicción profundamente humana: la de querer pertenecer, pero también prosperar, incluso si ambos impulsos entran en conflicto. 

Tal vez por eso resulta tan persistente aquella frase: “Dime con quién andas y te diré cuánto quieres”. No alude únicamente a las compañías que elegimos, sino a los intereses que nos definen. En ella subyace una verdad incómoda: nuestras alianzas no siempre reflejan nuestros principios, sino nuestras prioridades. Y en tiempos de confrontación, esas prioridades suelen tener menos de idealismo y más de cálculo.

Si fuéramos rigurosos asumiríamos que las necesidades del país son también las nuestras. Sin embargo, esa identificación no siempre es tan directa ni tan honesta como quisiéramos admitir. El país no es una entidad homogénea, sino un entramado de intereses diversos, a veces contradictorios, donde lo colectivo puede entrar en tensión con lo individual. Así, lo que se presenta como una necesidad nacional puede, en realidad, responder a sectores específicos, dejando a otros al margen o incluso en desventaja.

De este modo, asumir que el bien del país coincide plenamente con el bien propio implica una simplificación que ignora las desigualdades y las asimetrías de poder existentes. En la práctica, cada individuo interpreta ese “interés nacional” desde su propia circunstancia, filtrándolo a través de sus expectativas, temores y aspiraciones. Por eso, en contextos de disputa, no resulta extraño que surjan posturas divergentes dentro de una misma nación: no todos tienen lo mismo que perder ni lo mismo que ganar.

En última instancia, la tensión entre pertenecer y convenir no es una anomalía, sino una constante de la condición humana. Nos movemos entre la necesidad de identidad y la búsqueda de bienestar, entre la lealtad y la conveniencia. Y quizá el verdadero desafío no sea resolver esa contradicción -porque difícilmente desaparezca-, sino reconocerla con lucidez, para que nuestras decisiones no sean únicamente el reflejo de un cálculo inmediato, sino también de una conciencia más amplia sobre el impacto que tienen en los demás.

Soy de aquellos que mantienen viva la ilusión en el milímetro de la frontera, allí en donde aún retumba el eco de la nacionalidad y la pertenencia. Por eso, siento muy dentro del pecho la emoción del territorio resumido en el cántico epopéyico de Juan León Mera y su entonación aflora todos los días, no solo en los inicios de un encuentro futbolístico.

De ahí que, sumar a la línea inclaudicable de la heredad, porque nos asiste la razón y señalar con entereza los límites del respeto a nuestra integridad nacional y a las decisiones propias que nacen de la observancia y la aplicación de la constitución y la ley, no sean sino el “súmmum cáusale” de la propia vida y la postura que subsume con entereza y verdad lo que en realidad somos. (O)

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