Un día feliz

Columnistas, Opinión

Recuerda aquella mañana en que llegó a la parada en la lechera. “Por allí vaya nomás caminando hasta topar la loma, arriba han de estar esperando los guambras escueleros”, le dijo el dueño de la camioneta y lechero, a la vez.  Pagó y vamos. Mochila a la espalda y maleta al hombro. El aire frío del páramo le refresca, los ojos en la loma y la esperanza en que estén allí. Su mente evoca aquellas palabras del profesor Gaibor, de Desarrollo Comunitario: “a donde vayan, que sea con ganas, decisión y valentía; un profesor vence, triunfa y se impone a las adversidades, no todo es fácil en la vida; que a la primera no salgan corriendo; que la experiencia con lágrimas forja al maestro y lo curten en el terreno de los hechos. Aprendan, comprendan y eduquen, esa es la vida que escogieron por la cual van a vivir”. Palabras de profeta pensaba hasta que un tirón a la maleta, le regresó a la realidad. Un niño le saluda con evidente alegría: ¡Buenos días señor profesor! 

¿Cuántos años han pasado desde esa primera experiencia que marcó su profesión? Vivir junto a niños del páramo, sencillos, inocentes y de un enorme corazón. La primera lista, recordaba de memoria; al igual que a los padres, bondadosos, interesados en la educación; solidarios en mingas. Siente nostalgia, porque muchos moradores se esforzaban por alimentarle, por hospedarle, por compartir lo poco que tenían con cariño y agradecimiento.

La vida y el destino del profesor, con necesidades y deseos de superación intelectual; y, por formar un hogar, obligó a cambios institucionales, en donde se forjó con cada plantel conocido, con tantos maestros que fueron su experiencia, amistad y compañerismo. La actual unidad educativa es el destino final. 

Y este día no era igual, pero se sentía raro por algo. Realizó lo habitual en su vida, preparar sus tareas y asearse. La presentación; eso sí, debe ser impecable, ejemplar ante sus alumnos y los señores padres de familia.

Sale de su hogar solitario, ya sin esposa, con hijos distantes; solo Salomé que menea la cola sin parar. La ruta de siempre, saludos de siempre, llegada siempre puntual a la escuela. El día comienza, se desmenuza en cada hora con su materia, con minutos dedicados para una y otra cosa; metódico en su labor, dedicado a sus estudiantes, preocupado en los resultados del saber

Se detiene, mira a lo alto, suspira, se sienta y descansa… media mañana.

El timbre lo despabila… el tiempo pasa volando, pensó…

Ahora impone tareas escritas, no pierde tiempo en explicar. Aplica la dupla del éxito: página del libro y tarea del cuaderno de trabajo…siempre asesora, explica y finaliza, socializando la tarea en casa.

Faltando una hora para la salida, los padres ya se aglomeran en la puerta y ventanas del aula de clase. Ingresan, saludan al mismo tiempo que los estudiantes se ponen de pies. ¡Feliz día del Maestro, señor Pedro! Hacen fila y lo abrazan. Evoca aquellas imágenes en el páramo…llora. El año venidero no    habrá celebración, se jubila, son 39 años y 6 meses de un día feliz. (O)

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