Luces y sombras

Desde el nacimiento, tan pronto nos sentimos capaces y damos los primeros pasos, se nos da por caminar y lo hacemos -a tontas y a ciegas- muchas veces sin siquiera detenernos a pensar en las conveniencias y menos en las urgencias y las necesidades colectivas.
Empezamos a abrir sendero y recorrerlo dando la espalda a nuestra sombra, de forma tal que nunca reparamos en las huellas que dejamos, sino hasta que aquellas, airadamente reclaman por la penumbra cobijada y la luz oculta en la pupila.
Las «huellas que dejamos» no son sino la evidencia de la responsabilidad que cada uno tiene sobre su propio camino y las marcas que deja en la sociedad.
Cuando esas huellas empiezan a reclamar atención, indica que estamos en un momento de introspección necesario, en un llamado a reconocer nuestra luz y nuestras sombras, y a valorar el equilibrio entre ambos.
De esta suerte, sincerándonos con nosotros mismos, el ambiente que cohabitamos nos invita a pensar en la importancia de ser conscientes de nuestras acciones y sus efectos, promoviendo una reflexión sobre la conexión entre lo individual y lo colectivo.
Parece ser tiempo para salir de la queja e inmiscuirse en la propuesta.
Es común escuchar y enterarse de los señalamientos y advertencias que muchas exautoridades públicas y ex funcionarios del estado -sin ningún desparpajo- lanzan comentarios y arriban a conclusiones tan, pero tan diáfanas frente a problemas actuales que, el común de los mortales no deja de cuestionar ¿por qué? cuando ese personaje tuvo opción de hacerlo, no lo hizo.
En el argot judicial se suele argumentar que “más vale un mal arreglo que un buen juicio”, pero a nuestros ojos y más para aquellos que hoy pontifican desde los espacios de luz que aportan los noticiarios, la insinuación intrínseca de la frase, no les suena a nada e insisten en desechar de entrada toda posibilidad de terminación o ajuste amigable que solucione el impasse, para enarbolar la bandera de lucha inclaudicable en defensa del “interés público” y terminar, casi como siempre, acorralados contra las cuerdas en el desenlace final de aquellos pugilatos judiciales y arbitrales.
¿Qué nos pasa a los ecuatorianos? ¿Por qué no somos capaces de mirar un poco más allá de la propia sombra para enmendar?
Parecería que hay una desconexión entre la percepción pública de los problemas y la capacidad de los líderes y ciudadanos para actuar; y, esto puede deberse a diversas razones, como la falta de confianza en las instituciones, el miedo a las repercusiones de cambiar el statu quo, o incluso la resignación ante la complejidad de los problemas que enfrentamos.
El desafío radica en encontrar el equilibrio entre la crítica y la proactividad. Salir de la queja implica asumir responsabilidad personal y colectiva, y reconocer que cada uno de nosotros tiene un papel en la construcción de un entorno más justo y equitativo. Esto requiere un cambio de mentalidad, donde en lugar de esperar soluciones de otros, cada individuo se convierta en un agente de cambio. Pero también, que las autoridades en funciones, desde sus espacios de responsabilidad aporten positivamente a ese empeño y no a enclaustrarse en la ceguera nocturna de la que gozan algunas de ellas, para facilitar obstáculos y evitar el progreso, como si con eso ya habrían ganado el cielo.
Si continúan con ese afán, nunca superarán el infierno que ellas mismo están labrando para todos. Por eso insisto en la necesidad de revisar el texto constitucional y ajustarlo al requerimiento de cambio y progreso que anhelamos. (O)
