¿Y si aún no lo sé?

Columnistas, Opinión

¿Qué vas a estudiar?, ¿A qué te quieres dedicar?, ¿Ya sabes qué quieres hacer con tu vida?  Son preguntas frecuentes que escuchan los adolescentes y jóvenes, pero para muchos de ellos pueden convertirse en una fuente de presión. Mientras algunos parecen tener un camino definido, otros sienten incertidumbre, miedo a equivocarse o la sensación de estar quedándose atrás.

Elegir una carrera o definir un proyecto de vida no es únicamente una decisión académica. Durante la juventud también se desarrolla un proceso importante de construcción de identidad. Desde la perspectiva del desarrollo psicosocial, esta etapa implica explorar intereses, valores, capacidades y diferentes posibilidades antes de establecer compromisos personales y profesionales. Por ello, cambiar de opinión o no tener una respuesta definitiva no significa falta de madurez.

El problema aparece cuando la incertidumbre se interpreta como fracaso. Las redes sociales pueden intensificar esta percepción al mostrar constantemente jóvenes que parecen tener éxito, independencia económica, relaciones estables o una profesión consolidada. La comparación social puede llevar a evaluar la propia vida utilizando como referencia los logros visibles de otras personas, olvidando que cada trayectoria ocurre bajo circunstancias diferentes.

También existe la presión familiar, que aunque muchas veces nace del deseo de proteger y asegurar un buen futuro, puede hacer que el joven sienta que debe elegir aquello que otros consideran “correcto”. 

Cuando las expectativas externas pesan más que la exploración personal, una decisión académica puede vivirse con ansiedad, culpa o temor a decepcionar, en lugar de generar satisfacción y deseo genuino de avanzar.

Por eso, acompañar a un joven no significa exigirle una respuesta inmediata. Significa ayudarlo a preguntarse: ¿qué me interesa?, ¿qué habilidades tengo?, ¿qué valores quiero que orienten mi vida?, ¿qué actividades disfruto?, ¿qué estoy dispuesto a aprender? Estas preguntas permiten transformar la incertidumbre en observación y exploración.

No todos necesitan tener un plan definitivo a los 18, 20 o 25 años. Los proyectos de vida pueden modificarse conforme adquirimos nuevas experiencias y conocimientos sobre nosotros mismos. Incluso equivocarse puede aportar información valiosa para tomar decisiones posteriores.

La juventud no debería entenderse como una carrera contra el tiempo. Tener dudas también puede formar parte de crecer. 

Más que preguntar constantemente “¿qué vas a hacer con tu vida?”, se  debe ofrecer a los jóvenes un espacio donde puedan descubrirlo sin sentir que tienen que tener todas las respuestas en el momento. (O)

 tamayodomenica5@gmail.com

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